martes, 31 de enero de 2017

Desmontar mentiras, decir verdades

Si una de las tareas de la historiografía consiste en desmontar mentiras y decir verdades, a María Elvira Roca Barea, por su Imperiofobia y leyenda negra, habría que darle el premio más extraordinario que pensarse pueda. Si tuviera más ojos que dos, todos se me abrirían como platos tras ver cómo esta mujer, una auténtica lince, va poniendo cara arriba, una tras otra, todas las afirmaciones de la leyenda negra para que quede bien a la vista lo que fueron: medias verdades cuando no burdas mentiras, orquestadas en todos los casos por élites locales que veían peligrar su poder. Primero fueron los humanistas italianos, después los reformados y nacionalistas alemanes, después los orangistas de Flandes, más tarde los anglicanos desde Enrique VIII en adelante, después los Ilustrados franceses, después los liberales del siglo XIX, después, a finales de este mismo siglo, los americanos que se dejaron embaucar por el poderosísimo Hearst y así hasta hoy, pues el asunto todavía colea en pleno siglo XXI. Creo que nunca un libro de historia me sacó más vendas de la cara que este y no creo que sean muchos los que le hayan hecho tanta justicia a España y al Imperio español. “El Imperio español merece justicia histórica y la tendrá, pero hace falta mucho más tiempo”, dice la autora en las últimas páginas del libro. No estaremos nosotros aquí para verlo, claro, pero nunca es tarde para la verdad cuando esta llega.

lunes, 30 de enero de 2017

Meryl Streep, again (y van veinte)

Este año Meryl Streep ha recibido su vigésima nominación a los óscar, y vendrán más en años próximos, eso seguro. Yo me uno a todos los que afirman que es una actriz sobrevalorada. Es muy buena, de eso no cabe duda, y a mí me gustó muchísimo en Kramer contra Kramer, Silkwood, Los puentes de Madison, Las horas y El diablo se viste de Prada. Lo que no me gusta de la Streep es que, teniendo una técnica perfecta, no consigue que no se note que la tiene. Esto le quita magia, verdad, espesor, a muchas de sus interpretaciones. Su tan alabada interpretación de Margaret Thatcher, por ejemplo, que le valió su tercer óscar, fue, sí, una genial imitación, pero solo fue imitación y no recreación, salvo quizá en la parte que cuenta los últimos años de vida de la premier británica, cuando ya padecía los efectos del alzheimer. Recuerdo que por esas fechas, recién estrenada la película, Elvira Lindo comentaba esto mismo y hacía valer su argumento contraponiendo a la interpretación de la Streep la de Julianne Moore en el personaje de Sarah Palin, la cual, más que un calco genial, lograba la recreación vívida de esta política estadounidense.

sábado, 28 de enero de 2017

Donaldo Trump

Si es que eran aburridas nuestras vidas, desde ya dejarán de serlo gracias a Donaldo Trump, que no va a dejar de proporcionarnos un chute de emociones un día sí y otro también. Se debe divertir de lo lindo viendo cómo, ahora aquí y luego allí, se levantan como olas sus enemigos: primero las mujeres, después los medios de comunicación, ahora los mexicanos. ¿Cuál será la siguiente ola, el nuevo frente anti-Trump que Donaldo, partiéndose de risa en su butaca del despacho oval de la Casa Blanca, conseguirá que se levante contra él? Ya digo, tenemos por delante cuatro años de espléndidas emociones. Aquí no se va a aburrir nadie.

jueves, 26 de enero de 2017

Yo para mí

Que sea yo para mí el primer motivo de mi felicidad.

Que sea yo para mí un permanente motivo de felicidad.

jueves, 19 de enero de 2017

Los lleva puestos

Yo me mostré muy contento cuando supe que todos mis sobrinos de Silleda querían ir al entierro del tío Luis. “Le va encantar”, les dije. Y no paré aquí. “Oye, y, salvo que os horripile, acercaos a verlo en el féretro. Os resultará muy educativo”. Al día siguiente, cuando entraron en el velatorio, sin duda ni arredro alguno, se aproximaron al ataúd y, más que mirarlo, lo escrutaron. “¿Qué te parece, Martina?” Martina tiene nueve años y es un encanto de niña. “¡Uy, qué mal rollo!”, me contestó. Mal rollo sí, pero no una sino varias fueron las veces que se acercó a contemplar el cadáver de su tío abuelo.
El día anterior habíamos ido mi madre, mi hermana María y yo a velarlo. Al entrar en la habitación, no tardé nada en situarme junto el ataúd para observar su cadavérico rostro. Su expresión era apacible pero, como le faltaban las gafas, resultaba un tanto irreconocible. “Pensé en ponérselas”, me dijo Arsenio, el superior, “y también el bastón, su gran aliado en estos últimos tiempos”. “Oye, no dudéis en quedaros con unos zapatos que se compró en Silleda estas Navidades y que deben de estar casi nuevos. A alguno le servirán”. “Los lleva puestos”. ¡Qué gran tipo Arsenio! Le entristeció que no quedáramos toda la familia a comer con ellos. Insistió hasta la saciedad, convencido de que las dos familias de mi tío Luis debiéramos sentarnos y sentirnos juntos el día de sus exequias. Le prometí que otro día, más adelante, vendríamos a disfrutar de sus agasajos. Espero no faltar a esta promesa. Bien lo merecen sus extraordinarias dotes como anfitrión, su simpatía innata, sus ocurrencias sin descanso.

miércoles, 18 de enero de 2017

Corona a tu siervo, Señor

“Corona a tu siervo, Señor”. Esta es la petición que me vino a la cabeza ayer por la noche, cuando estaba en cama. Pensaba en mi tío Luis, a quien habíamos enterrado por la mañana en el monasterio mercedario de san Juan de Poio. El próximo diez de marzo habría cumplido ochenta y nueve años. De camino al cementerio, veíamos al fondo la ría de Pontevedra. El día que lo trajimos a esta comunidad mercedaria, una vez que entró en su habitación, lo primero que hizo fue asomarse al balcón, mirar al cementerio y decir: “Ahí está mi próxima casa”. Tenía muy claro que había venido a morir a Poio y que aquí quería ser enterrado. Se cumplió justo antes de que lo hubiesen trasladado a la residencia para los mercedarios mayores que la orden fundada por san Pedro Nolasco tiene en Salamanca. Y fue también ayer por la noche cuando fui consciente de que, un poco sin darme cuenta, en algún momento en que me quedé contemplándolo fijamente en uno de los días que pasó con nosotros en Navidad, medio le había pedido a Dios que le concediera a su siervo su más que merecido descanso y se lo llevara consigo. Mi tío Luis, debido a la falta de riego sanguíneo en el cerebro, padecía vértigos y mareos; sufría un insomnio casi crónico; cualquier ruido inesperado era para él como una descarga eléctrica que le producía un temblor espasmódico; su memoria de las cosas recientes la había perdido casi por completo y él era consciente de ello. Nadie, al verlo, podía imaginar tales cosas porque su aspecto exterior era estupendo, con un cutis fino en el que apenas había arrugas, y por eso le decían: “Padre Luis, ¡pero qué bien está usted!”. “La carcasa, solo la carcasa”, respondía él.
Y como esto va de los pensamientos que le vienen a uno a la cabeza, otro que también me vino un día fue pensar que, más allá de sus defectos, una corriente de santidad lo había acompañado a lo largo de su vida. Lo compartí con mi hermana Lucía y se mostró de acuerdo.
¿No es fenomenal haber llegado por fin a casa, tío Luis?

miércoles, 11 de enero de 2017

martes, 10 de enero de 2017

Las razones de la razón

Vale, el corazón tiene razones que la razón no entiende pero seguramente la razón tiene también razones que el corazón no entiende. Les toca trabajar juntos.

martes, 3 de enero de 2017

Absolutamente inexplicable

Si alguna duda me quedaba, la relectura de El mal, del teólogo lovaniense Adolphe Gesché, me ha confirmado en la idea de que el mal es absolutamente irracional e inexplicable. Lo que Gesché consigue de modo insuperable es hacernos ver por qué es así. Ni siquiera la teología, que en este punto puede y debe ir más allá que la filosofía, es capaz de dar una respuesta a la pregunta de por qué el mal existe. Echando mano del tan sencillo como profundísimo relato del Génesis, solo se podrá decir dos cosas: que hubo un agente tentador, exterior al hombre, la serpiente; y, en segundo lugar, que Eva y Adán cayeron en la trampa, es decir, que pecaron. Pero la irracionalidad persiste y el relato del Génesis, más que responder a un “¿por qué?”, relata un “fue así”. Todos damos testimonio de esta irracionalidad cuando, ante un acto malvado, nos decimos: “Pero, ¿cómo fue capaz, por qué lo hizo, qué le paso por la cabeza? Debía de estar loco”, etc., etc., etc. En última instancia terminamos por apelar a la locura, es decir, a la anormalidad, a la irracionalidad, para tratar de entender lo que es absolutamente ininteligible.

domingo, 1 de enero de 2017

PH

¿A cuántos como él les habrá tocado ser la percha moral y afectiva de la que se cuelguen gente desvalida y también un tanto aprovechada? PH es una persona extraordinaria, de gran inteligencia y enorme sabiduría. No sé cuánta de esta se la debe a la dolencia que lleva padeciendo desde hace seis años, pero, por muy alta que sea la dosis extra que le haya proporcionado, él habría sido igualmente el gran hombre que es. A veces tiene que dar algún coletazo para alejar a los chupópteros que solo buscan y no dan nada a cambio. Ser una columna en medio de hombres débiles tiene estas inevitables consecuencias.
Me gustó mucho una observación que hizo un día. Cayó en la cuenta de que para la moral cristiana la pereza es un pecado capital y le pareció un acierto porque en muchas de las personas que reciben de él consejo y orientación detectó la falta de ganas para cambiar de vida, para aplicar esos ajustes en tu comportamiento que tu inteligencia distingue claramente. No cambias de vida porque, simplemente, no te apetece, te da pereza, y esto es algo tremendo.