martes, 21 de febrero de 2017

Una de mis historias con el cine

En Silleda hubo cine en los tiempos en que los había en casi todos los pueblos y yo sólo recuerdo haber visto una película, tal vez una de Walt Disney. Después, el cine de mi pueblo, como el de todos los pueblos, desapareció. Habrían de pasar algunos años hasta que volviese a otro. En 1978, cuando se estrenó el primer Superman, aquel en el que aparecía Marlon Brando, mi hermano Rodrigo nos llevó a mi hermana Lucía y a mí al Capitol, en Santiago, a verlo, y esta fue la segunda vez que yo fui al cine. Con la sola guía de mi memoria, siempre falible, la tercera podría haber sido cuando, en una excursión escolar, nos llevaron a ver Gandhi, y esto debió ocurrir en 1982. Solo en Salamanca, a donde marché a estudiar teología el año 1983, se convirtió el ir al cine en moneda corriente. Casi todos los viernes por la noche, solo unas veces o con mi amigo Dorian otras, cumplía el rito.
Me viene a la memoria Saló, o los 120 días de Sodoma, que me resultó tan repulsiva que poco faltó para levantarme y abandonar la sala; Abyss, de James Cameron, con su culebra de agua, sus seres abisales fantásticos y benefactores, y el portentoso final en la que la ciudad-nave extraterrestre emerge a la superficie, salvando así a los trabajadores de la plataforma submarina de una muerte segura; El último emperador, de Bertolucci, en la que un muy británico y atildado Peter O’Toole instruía al último emperador en la Ciudad Prohibida, y que a mí me aburrió un montón; Cartas a Iris, de Martin Ritt, con unos maravillosos Jane Fonda y Robert de Niro, que vi, no un viernes por la noche, sino una tarde con un sol espléndido de algún otro día, y de la que salí muy reconfortado, que es como se sale siempre de las películas “bonitas”. Hubo muchas más, claro, pues siete años de estancia salmantina dan para mucho, pero estas son las que me vienen ahora a la cabeza.
El mes de julio del año 1990 volví a Galicia. Los viernes, aunque ahora por la tarde, continuaron siendo mis días de cine. Mientras tanto, y desde hacía ya tiempo, había ido engrosando mi colección de cintas (y nunca mejor dicho, pues eran todavía los tiempos del VHS analógico) de películas grabadas en versión original subtitulada, convencido ya de que una película doblada era una película en parte impostada, pues no deja de ser una “impostura” que sobre la voz original del actor, única e insustituible, que interpreta un personaje, se ponga otra y borre aquella. En estas llegó internet y con él la posibilidad de ver los estrenos en versión con subtítulos. Entonces, yo, dejé de ir al cine, pues sus salas únicamente proyectaban versiones dobladas. Solo volví a ir pasado mucho tiempo, cuando conocí a Ana y a Patricia y empecé a quedar con ellas para tener un cine-cena algún que otro viernes.
El 18 de marzo de 2015 se abrió en Santiago Numax, cine, librería y laboratorio a un tiempo, y dado que las películas de todas sus secciones iban ser siempre en versión original subtitulada, yo tendría que haber retomado sin dudarlo ni un segundo mi encuentro semanal con el cine en una sala como Dios manda. No fue así. Llevaba ya muchos años viéndolo en casa, ora en la pantalla del televisor, ora en la del ordenador, y no sentí ninguna gana de, como en tiempos pasados, coger el coche y marcharme gozosamente a Santiago a ver una película en el cine. Pero lo que un día empieza un día acaba, y así, las oscuras golondrinas, las tupidas madreselvas, han vuelto. Cada sábado por la tarde, siempre que haya una película que me interese, una butaca del Numax será mi asiento. Y la cosa ya empezó el día 18, con Jackie, la película de Pablo Larraín sobre Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman.