lunes, 24 de abril de 2017

sábado, 22 de abril de 2017

Sampietro, Suárez

Mercedes Sampietro debiera haber sido nominada al premio a mejor actriz en la última edición de los premios Goya por su majestuosa interpretación en la película Las furias. A falta de ver la actuación de Penélope Cruz en La Reina de España, sería a ella a quien yo hubiese entregado mi voto, y otro también para su belleza: sale hermosísima en el film de Miguel del Arco, con un pelo blanco y reluciente que parece coronarla de gloria.
En Las furias actúa también Emma Suárez, que hizo doblete en los premios Goya de este año: mejor actriz principal y mejor actriz secundaria. Está estupenda, excepto cuando le sale el careto dramático-trágico, el mismo que utilizó en la película de Almodóvar, Julieta, y que le valió el antedicho premio a la mejor actriz principal. A ver si abandona estos mohines y la vemos en una película cómica, o de aventuras, o en una dramática, vale, pero en la que esté mejor dirigida. Yo amo a Emma Suárez, a cuyos pies, como a los de Mercedes Sampietro, me pongo.

jueves, 20 de abril de 2017

Y dale con el Purgatorio

Con el libro Retrato de Marta Robin, de Jean Guitton, se confirmó una vez más lo que ya comenté aquí en alguna ocasión: que Dios, a través de los libros, termina por aclararme cuestiones que han estado bullendo dentro de mí durante un tiempo, un tiempo que casi siempre se cuenta por años, dándole algún tipo de respuesta o solución. En este caso se trata del Purgatorio, palabra que me horroriza, como a Marta Robin (casi merece que la llame Marta Robin Hood, por esto y por otras muchas cosas maravillosas de su vida). Pero escuchémosla a ella: “No me gusta el término purgatorio; me hace pensar en las purgas que me daban de niña. El Purgatorio no es una purga. Es algo grande y serio, yo diría una cosa noble. Son sufrimientos, pero sufrimientos de amor, de verdadero amor, de puro amor (…) Se debiera llamar ‘purificatorio’ Todo debe ser purificado” (las cursivas son del autor). “Purificatorio” está mucho mejor, desde luego, pero sigue sin ser una palabra bonita, como lo es la palabra “Cielo”. Yo, para mi uso particular y en ocasiones no tan particular, echo mano de la expresión “cuarto de baño” cuando quiero referirme a él. Pero no es sólo la palabra distinta que propone Marta sino también lo que dice de ese “casi cielo” en el que están los que están siendo purificados. Y, páginas más adelante, lo que añade monsieur Guitton en un registro ya conceptual, filosófico y teológico es la guinda del pastel: “Había intentado concebir qué experiencia de la duración podía tener ‘un alma del purgatorio’, pensando que esta experiencia permitiría profundizar el misterio del tiempo. Aquél es un tiempo sin tiempo. Un progreso sin riesgo, una purificación sin tormento, un sufrimiento sin rebelión y, por tanto, un dolor junto con la dulzura; un tiempo sin riesgo, ni incertidumbre ni angustia, un tiempo sin avidez, en el que no cabe el pesar por el pasado ni el temor del futuro; un tiempo sin libertad de elección ni de caída, un tiempo sin más, el puro tiempo. Desaparecido ese lastre sombrío de lo que no volverá jamás (el pasado); sin aparecer el horizonte ambiguo del porvenir. Tiempo en el que cada parte desemboca en otra parte mejor por disminución del plazo, por acrecentamiento de una esperanza cierta” (las cursivas son del autor).

viernes, 14 de abril de 2017

Viernes Santo

"Marta (Marta Robin), que amaba tanto a los niños, juzgó crueles y nefastas las leyes votadas sobre 'la interrupción voluntaria del embarazo'. Era, no obstante, más severa con los legisladores que con las pobres mujeres desesperadas o traumatizadas.
Con solemnidad, con una grave certidumbre, que raramente encontré en ella, decía que los niños asesinados en el seno de su madre pedían en el otro mundo perdón a Dios para ellas. Porque a sus ojos, estos niños estaban en una situación análoga a la suya: la de víctima inocente y por lo mismo redentora.
Tal era el fondo de su espiritualidad: la solidaridad de las conciencias, la comunión de inocentes y culpables, la unión final de los verdugos y las víctimas. A sus ojos el niño privado de la vida por la desesperación de la madre, arrojado a la eternidad por su madre, salvaba a esta madre de su pecado. De lo profundo del mal brotaba un mayor bien.
Cuando leo la Divina Comedia, escribe Jean Guitton, me parece que falta en ella este grupo de niños inmolados por sus madres y que las redimen".

(Jean Guitton, Retrato de Marta Robin)

miércoles, 12 de abril de 2017

Khaled

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki. ¿Por qué Khaled, que acaba de recibir una puñalada de un matón nacionalista, no espera en el trastero del garaje a que venga Wikström, el dueño del restaurante que le ha dado trabajo y conseguido una identidad falsa, para que lo auxilie? Cuando éste llega, encuentra todo colocado y sin más rastro de Khaled que unas gotas de sangre. En la escena siguiente, la hermana de nuestro protagonista, que había estado esperándole para ir a la gendarmería a solicitar asilo, decide acudir sin él. A la vuelta de una esquina se lo encuentra, con una mano sobre la herida abierta por el puñal, aunque no repara en ello. Él la abraza, la anima y le dice que tiene que ausentarse por un tiempo. Al final, vemos a Khaled tendido y con la cabeza apoyada en un árbol. Tiene un vendaje sobre la herida. ¿Es mortal, vivirá o morirá Khaled? La cámara nos muestra lo que está mirando, el puerto de descarga de mercancías. Fuma plácidamente; el perro del restaurante está con él, se acerca y lo lame. Khaled sonríe.

lunes, 10 de abril de 2017

Vacilaciones del sueño

No sé si despierto porque tengo ganas de ir al baño o si despierto y entonces tengo ganas de ir al baño. El caso es que son las cinco y media de la mañana y quisiera haber dormido una hora más. El despertador tocará a la siete menos diez. Decido, como otras veces, bajar a la sala, encender la tele, y, con el runrún de lo que proyecte el canal 24 horas, dejarme acunar en el sofá. Veo que no funciona como otras veces y decido hacer lo mismo pero ahora en la cocina, donde tampoco funciona. Mientras tanto el tiempo ha avanzado y son ya las seis y veinticinco. Decido volver a la cama donde, entretenido con no sé qué pensamientos, no tarda en tocar el despertador. ¡Bien! Pero ya es el tercer día que me levanto con el sueño demediado, y me da rabia, pues no estaré al vivo sino medio muerto el resto del día.
Con gran gusto, como siempre, me echo a dormir la siesta después de comer, pensando en que recuperaré las energías perdidas. Después de hora y media, toca el despertador y tengo que hacer un gran esfuerzo para no seguir en la cama. Cuando ya estoy en la butaca, estoy muerto de sueño y me persigue la tentación de seguir durmiendo. No tengo ganas de hacer nada, y lo único que hago es repasar la letra de la canción “Piano Man”, de Billy Joel, que Paul, mi amigo y profesor de inglés, me ha puesto como tarea esta semana. El intento de continuar la lectura de Filosofía zoom, de José Antonio Marina, me resulta imposible. Como en los días anteriores, llega mi hermano Pepe y abordamos el asunto que nos ocupa desde hace ya una buena temporada y que hoy tiene un capítulo nuevo, que me cuenta. Agradezco que haya venido. En vista de que sigo sin gana ni de tecla ni de libro, resuelvo ver otro capítulo de Iron Fist. Cuando termina, me duelen los ojos y apago el ordenador. Bajo a la cocina y ceno. Mi madre llega de misa. Cena ella también. Yo me tiendo en el banco y cierro los ojos hasta que mi madre apaga la tele. Rezamos, le preparo su manzanilla con miel, tomo un surmontil, subo, veo un capítulo más de la serie de Netflix y, vencido por el sueño, me voy a la cama y me duermo.
Al día siguiente, continúan los efectos del surmontil y me paso toda la mañana grogui. De una a dos, en el trabajo, hago un esfuerzo supremo para no caerme dormido. Grogui sigo durante la comida y grogui me dejo caer sobre la cama en la siesta. A las ocho, grogui voy a misa. Por eso, cuando salgo a leer, sólo caigo en la cuenta de que no he leído la lectura del día cuando, al final, me topo con un “Palabra del Señor” y no un “Palabra de Dios”. En efecto, he leído un evangelio. Xosé, el párroco, se acerca, yo sonrío, le comunico el incidente, busca la lectura que corresponde, pido disculpas al respetable y, ahora sí, no hay error. Yo, que acostumbro a estar siempre con los ojos cerrados durante las eucaristías para estar más centrado y recogido, me aprovecho de esto para seguir dormitando.

domingo, 2 de abril de 2017

La fe que mueve hombres

La fe no tiene que mover montañas, tiene que mover hombres. Esto es lo que me ha enseñado Hasta el último hombre, la impresionante película de Mel Gibson, que cuenta la historia real de Desmond Doss, un objetor de conciencia, Adventista del Séptimo Día, que se alistó como médico en el ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Una vez que, en nombre de la Constitución americana, se le reconoció el derecho a no usar fusil para poder cumplir con su conciencia que le decía: “no matarás”, se le permitió ir con su batallón a Okinawa, Japón. En la batalla que se libró allí, una vez que en un primer embate los americanos tuvieron que batirse en retirada, cuando Desmond Doss arrastraba a un amigo herido que, al llegar al borde del desfiladero por donde tendrían que bajar por una escalera de cuerdas, se le murió entre sus manos, una frustración dolorosísima se apoderó de él y entonces le gritó a Dios: “¿Qué quieres de mí? No lo entiendo. No te oigo. Ayúdame, ayúdame, Señor”. Un grito de socorro que provenía del campo de batalla fue la respuesta. Todos se habían ido y se había quedado solo. Con astucia y fortaleza infinitas, sin tener que matar a ningún japonés, una vez que encontraba un compañero herido, lo arrastraba hasta el borde del precipicio, lo ataba con una cuerda y, utilizando como polea un recio poste de madera, lo dejaba caer hasta el fondo. Y después iba por otro, rogando en cada ocasión: “Por favor, Señor, ayúdame a conseguir uno más”. Y consiguió setenta y cinco, incluyendo dos japoneses que no sobrevivieron. Fue una gesta extraordinaria, magnífica, heroica, santa. Desmond Doss fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor. Asistí a su hazaña derramando lágrimas. Es lo único que me hace llorar: la bondad, el heroísmo, la santidad, la fe que mueve hombres.

viernes, 31 de marzo de 2017

De padres e hijos

El tesoro, del director rumano Corneliu Porumboiu. A su hijo, que supo por la madre que su padre estaba buscando un tesoro, no habría de parecerle que éste fuera tal si no iba a encontrar en él collares, pulseras, diademas, monedas. Y es que el tesoro que él y su vecino habían encontrado consistía en unas acciones de la empresa de coches Mercedes emitidas el año 1969 y que les iban a proporcionar mucho dinero. Lo que hizo entonces el padre, una vez que cobró la parte que le correspondía, fue ir a una joyería y comprar un buen lote de joyas que después guardó en la caja de hierro que habían encontrado a más de dos metros bajo tierra y cuya apertura requirió la ayuda de un ladrón ducho en estas tareas. Después se fue al parque donde estaba su hijo jugando. Él y su esposa lo llamaron para que viniese a ver el tesoro; el resto de los niños y niñas acudieron también en tropel. Cuando el padre abrió la caja y a los ojos de todos apareció el tesoro, un “¡oh!” se expandió por el parque. Cada uno agarró lo que pudo para quedarse así con una parte de él.
Después de la tormenta, del director japonés Hirokazu Koreeda. No había sido un buen padre, quizá porque tampoco él lo había tenido y había heredado las inhábiles maneras del suyo propio. Su ex-mujer se lo reprochaba, y ahora que estaban divorciados, y dado que él siempre se retrasaba en el pago de la pensión, lo castigaba no permitiéndole ver a su hijo más que una vez al mes. Tras morir “el viejo”, cayó en la cuenta de su paternidad medio olvidada. No quería perder a su hijo, que estaba siendo cortejado por la pareja actual de su ex-mujer. “¿Tú volviste a ver a tu padre?”, le pregunta a su compañero de trabajo, hijo también de padres tempranamente divorciados. “Sí, cuando tenía veinte años lo volví a ver. Nunca olvidé las zapatillas deportivas que tanto quería y que me había regalado”. Un regalo, eso es, pensó entonces nuestro protagonista, un “memento” que obre en mi favor. Le compró también él las zapatillas deportivas que su hijo tanto quería, y unos boletos de lotería, a los que él era tan aficionado, como símbolo de una buena suerte futura.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Maravilloso Marvel

Luke Cage está bien, pero no tan bien como sus hermanas Daredevil, de la que se emitieron ya dos temporadas, y Jessica Jones. Estas tres series de Netflix, junto con la que acaban de colgar, Iron Fist, son las dedicadas a los cuatro superhéroes marvelianos que, juntos, serán The Defenders, en proceso de filmación, y en la que la supervillana será mi amada Sigourney Weaver.
A los que, de niños, nos entusiasmaban los cómics de superhéroes de la factoría Marvel: Supermán, Batman, Daredevil (mi preferido: un abogado ciego con todo el resto de sus sentidos superdesarrollados), Spiderman, los Cuatro Fantásticos, Hulk, el Capitán América…, vemos con felicidad como, en los últimos años, el cine los traslada a la pantalla con resultados generalmente buenos, muy buenos y a veces hasta geniales. En la medida que un superhéroe es un hombre que tiene un poder especial, en esa misma medida se convierte en símbolo de plenitud, y más si es un superhéroe bueno, porque también los hay malos. Y allí donde hay plenitud, es decir, superación de los límites terrenos como punta de lanza hacia la gloria celeste, allí estoy yo hambriento, sediento, y todo lo que haga falta.
Los flancos débiles de Luke Cage son los de un guión no suficientemente trabajado en algunos momentos -que Luke, tras ser tiroteado por su hermanastro y enemigo, Willis Stryker, tenga justo detrás un camión de la basura en el que caerse como un colchón y que lo aleja de un segundo y mortal disparo es, mira tú que suerte, una solución demasiado fácil. Uno de sus aciertos es la banda sonora, sobre todo unos compases que en determinados momentos le dan un aire setentero y de spaghetti-western, muy de cómic, que lo aleja de innecesarias tenebrosidades. Pero es que además, en el Paradise Club, lugar donde transcurre gran parte de la historia, la música negra del Harlem suena estupendamente.

lunes, 27 de marzo de 2017

Un paseo por la novela americana

Entre los libros que me han hecho más feliz en los últimos tiempos están varias novelas americanas. Da la casualidad de que, en dos casos, di con ellas por pura casualidad, valga la redundancia, en esos merodeos que a veces hago por el apartado “Libros Kindle”, en Amazon. Fue así como di con una tal Marilynne Robinson, de la que nunca había oído hablar, y de la que devoré sus novelas Vida hogareña, Gilead, En casa y Lila. El segundo gran hallazgo fue el de Wallace Stegner, cuyo En un lugar seguro disfruté de lo lindo, como también, aunque menos, El pájaro espectador. Ahora estoy con Ángulo de reposo, una novela de más de setecientas páginas, y de la que, auguro, saldrán horas felices. En esta onda, cedí a una curiosidad antigua, la que tenía por la premio Nobel Tony Morrison, y no me defraudó en absoluto: La canción de Salomón hizo de mí un bienaventurado lector. El yankee desvergonzado que hay en mí voló como un pájaro por las hojas de estas novelas americanas, y espera seguir haciéndola por otras.
Por no salirnos de estos predios, mi otro gran momento con la novela americana fue Francis Scott Fitzgerald, no el de El gran Gatsby, que no me entusiasma, pero sí el de Suave es la noche y Hermosos y malditos. Faulkner fue otra cosa, también buena pero distinta: hay que tener buenos dientes para hincárselos a su barroquismo a veces un tanto exasperante. La pastoral americana, de Philiph Rot, no me dijo nada, y menos que nada el Cosmópolis de Don Delillo o La carretera de Cormac McCarthy. Me habría gustado que me hubiese gustado El cinéfilo, de Walker Percy, pero no fue así. Con Frank Bascombe, el célebre personaje de Richard Ford, tuve una buena entente en El periodista deportivo, que no continuó con la misma intensidad en El día de la Independencia, por lo que ya no quise seguirle la pista en Acción de gracias. Y ya puestos, ¿cómo no citar a Moby Dick, que debió ser la primera novela americana que leí y a la que acudí como quien acude a un santuario, tal es la fuerza que tienen los clásicos, al margen de que después nos gusten más o menos? De El guardián en el centeno esperaba más; los cuentos de Raymond Carver, en los que todo el mundo se ha divorciado varias veces, me gustaron mucho; nada Bullet Park, de John Cheever. Pero no, y ahora caigo: el primero no fue Melville y su ballena blanca, sino ¡Henry Miller! Su Trópico de Cáncer (o de Capricornio, vete tú a saber a estas alturas) debió ser un libro de mi hermano Rodrigo y nada pudo ser más probable que, en aquella época (Pero ¿qué época? ¿Con qué edad lo leí yo a usted, señor Miller: quince, dieciséis, diecisiete años?), cayera yo sobre él muy picado de adolescente curiosidad sexual. Años más tarde, Domingo García-Sabell escribió sobre él en más de una ocasión en una tribuna que le dispensó durante un tiempo el diario La Voz de Galicia. Y, bueno, voy acabando, sin olvidarme del gran Jack London, y tampoco, ¡¡claro!!, de la gran, gran

     FLANNERY O’CONNOR que es un punto y aparte y no merece ser citada, así, de pasada y sin más ni más, en este paseo que aquí termina.

P.D.: Alguno quedaba en el tintero, para mal, es decir, mal por no acordarme de él, como Truman Capote, cuyas A sangre fría y otras me gustaron mucho, y para bien, es decir, bien por no acordarme de él, como Paul Auster, autor aburrido donde los haya. Y, ¡ay!, esto de tirar del hilo y poner a trabajar la memoria es un no descansar, porque ahora recuerdo las cinco novelas de Dashiell Hammett que me leí de un tirón.

sábado, 25 de marzo de 2017

Intemperie

Cuando hablaron en un telediario nocturno de la 1 de TVE de la segunda novela de Jesús Carrasco, tuve entonces noticia de la primera, Intemperie, que lo había lanzado a la fama en el mercado editorial hispanoamericano. Me informé sobre ella y la descargué en mi kindle desde Amazon. Me costó entrar en ella, pero cuando llevaba leído un tercio me agarró por el cuello y ya no me soltó hasta el final. Ocurrió justamente cuando los dos protagonistas, el niño y el cabrero, se encuentran. La intemperie a la que alude el título es cuádruple: la de España, asolada por la Guerra Civil, que es el paisaje histórico de fondo; la del paisaje físico, una Castilla desértica y calcinada que uno siente como si estuviera oliéndola y pisándola; y la del niño, que huye del guardia civil que lo viola sin que su padre, que es quien se lo entrega, haga nada por evitarlo; y la del anciano cabrero, el hombre de una España rural y olvidada, pero que ha sabido sin embargo hacerse fuerte en ella y llegar a ser un viejo fornido y experimentado, que sabe defenderse y que protegerá al niño hasta el final. A éste le pedirá que, si muere, lo entierre en una tumba lo suficientemente honda como para que no lo descubran los perros y que ponga sobre ella una cruz. ¿Tenemos aquí una influencia de Los violentos lo arrebatan, la gran novela de Flannery O'Connor, en la que el adolescente Tarwater transita a lo largo de ella con la encomienda de enterrar a su tío abuelo bajo el signo de la cruz, o se trata de una mera coincidencia? Yo así se lo indiqué a Ángel Ruiz, nuestro experto en Flannery, pero creo que no pudo con la novela.
En Intemperie se fusionan varios géneros: el western, la novela de terror, la de suspense y quizá también la de iniciación, pues el niño, bajo el amparo y la tutela del cabrero, comienza a aprender lo que es la lucha por la vida, una lucha en su caso terrible, pues tiene que escapar de las garras de un depredador sexual.

martes, 21 de marzo de 2017

4,33

Al saber no hace mucho que la obra 4,33 de John Cage consiste en que, durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, en el escenario no se ejecuta música alguna para permitir que lo que entonces se oiga, desde una tos hasta el abrirse de una puerta, sea la única música, caí en la cuenta de que mis gustos musicales desde hace ya mucho son un continuo y puro 4,33. La cuestión entonces no es que no me apetezca escuchar música, o que frente a ella prefiera el silencio, sino que sólo me apetece escuchar la que produce la vida en torno a mí: el coche que pasa, el teléfono que suena, las pisadas de un viandante...

sábado, 18 de marzo de 2017

Soy como soy

El “soy como soy”, dicho sin arrogancia ni inmovilismo, nos salva ante los otros si, así, nos entienden.

En este mundo, que es como es y en el que somos como somos, tener defectos es casi un derecho.

martes, 14 de marzo de 2017

¿Martina o Felicidad?

“Mamá, yo debería llamarme Felicidad porque soy muy feliz”, le dijo mi sobrina Martina -9 años- a su madre.

miércoles, 8 de marzo de 2017

domingo, 5 de marzo de 2017

Salvo...

Después de la comunión, vuelvo a mi sitio, cierro los ojos y me recojo en mí mismo, salvo…
… salvo que esté en un lugar distinto al de mi parroquia y quiera ver a quiénes, ahí, son mis hermanos y hermanas en el Señor. Esto es lo que me ocurrió el domingo 26 de febrero, en la catedral de Oviedo. “Mi hermano en Cristo, mi hermana en Cristo”, iba diciendo a medida que, al volverse y volver a sus asientos, veía los rostros de los comulgantes.

miércoles, 1 de marzo de 2017

jueves, 23 de febrero de 2017

Jackie

Jackie, de Pablo Larraín, es una historia de fantasmas. En esta película, el director chileno imagina cómo pudieron ser los días vividos por Jacqueline Kennedy tras el asesinato de su marido en Dallas y hasta el día de su funeral. A Jackie (interpretada por Natalie Portman), la vemos casi siempre en primer plano y nunca alcanza a tener una consistencia real, la de los seres de carne y hueso, como si con ello Larraín quisiese subrayar su dolor, pues tal es su efecto cuando su intensidad es desgarradora: los dolientes navegan como náufragos entre los demás y parecen no existir. Jackie es un ser que vaga, pero no tanto que no pueda pensar, hablar, tomar decisiones. Sin embargo, atravesada por el dolor en todo momento, el abatimiento la desrealiza, y es esta pérdida de realidad la que Larraín consigue mostrar con recursos exclusivamente cinematográficos: no lo dice sino que lo vemos. Pero creo que el director chileno quiere además que notemos que su narración no es más que un pudo haber sido así, que su Jackie doliente no es más que un parto de su fantasía. 

martes, 21 de febrero de 2017

Una de mis historias con el cine

En Silleda hubo cine en los tiempos en que los había en casi todos los pueblos y yo sólo recuerdo haber visto una película, tal vez una de Walt Disney. Después, el cine de mi pueblo, como el de todos los pueblos, desapareció. Habrían de pasar algunos años hasta que volviese a otro. En 1978, cuando se estrenó el primer Superman, aquel en el que aparecía Marlon Brando, mi hermano Rodrigo nos llevó a mi hermana Lucía y a mí al Capitol, en Santiago, a verlo, y esta fue la segunda vez que yo fui al cine. Con la sola guía de mi memoria, siempre falible, la tercera podría haber sido cuando, en una excursión escolar, nos llevaron a ver Gandhi, y esto debió ocurrir en 1982. Solo en Salamanca, a donde marché a estudiar teología el año 1983, se convirtió el ir al cine en moneda corriente. Casi todos los viernes por la noche, solo unas veces o con mi amigo Dorian otras, cumplía el rito.
Me viene a la memoria Saló, o los 120 días de Sodoma, que me resultó tan repulsiva que poco faltó para levantarme y abandonar la sala; Abyss, de James Cameron, con su culebra de agua, sus seres abisales fantásticos y benefactores, y el portentoso final en la que la ciudad-nave extraterrestre emerge a la superficie, salvando así a los trabajadores de la plataforma submarina de una muerte segura; El último emperador, de Bertolucci, en la que un muy británico y atildado Peter O’Toole instruía al último emperador en la Ciudad Prohibida, y que a mí me aburrió un montón; Cartas a Iris, de Martin Ritt, con unos maravillosos Jane Fonda y Robert de Niro, que vi, no un viernes por la noche, sino una tarde con un sol espléndido de algún otro día, y de la que salí muy reconfortado, que es como se sale siempre de las películas “bonitas”. Hubo muchas más, claro, pues siete años de estancia salmantina dan para mucho, pero estas son las que me vienen ahora a la cabeza.
El mes de julio del año 1990 volví a Galicia. Los viernes, aunque ahora por la tarde, continuaron siendo mis días de cine. Mientras tanto, y desde hacía ya tiempo, había ido engrosando mi colección de cintas (y nunca mejor dicho, pues eran todavía los tiempos del VHS analógico) de películas grabadas en versión original subtitulada, convencido ya de que una película doblada era una película en parte impostada, pues no deja de ser una “impostura” que sobre la voz original del actor, única e insustituible, que interpreta un personaje, se ponga otra y borre aquella. En estas llegó internet y con él la posibilidad de ver los estrenos en versión con subtítulos. Entonces, yo, dejé de ir al cine, pues sus salas únicamente proyectaban versiones dobladas. Solo volví a ir pasado mucho tiempo, cuando conocí a Ana y a Patricia y empecé a quedar con ellas para tener un cine-cena algún que otro viernes.
El 18 de marzo de 2015 se abrió en Santiago Numax, cine, librería y laboratorio a un tiempo, y dado que las películas de todas sus secciones iban ser siempre en versión original subtitulada, yo tendría que haber retomado sin dudarlo ni un segundo mi encuentro semanal con el cine en una sala como Dios manda. No fue así. Llevaba ya muchos años viéndolo en casa, ora en la pantalla del televisor, ora en la del ordenador, y no sentí ninguna gana de, como en tiempos pasados, coger el coche y marcharme gozosamente a Santiago a ver una película en el cine. Pero lo que un día empieza un día acaba, y así, las oscuras golondrinas, las tupidas madreselvas, han vuelto. Cada sábado por la tarde, siempre que haya una película que me interese, una butaca del Numax será mi asiento. Y la cosa ya empezó el día 18, con Jackie, la película de Pablo Larraín sobre Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman.

sábado, 18 de febrero de 2017

Un poco idiota

Una lectura placentera es una lectura que nos hace felices y hacer lo contrario, salvo que existan razones de orden superior, es ser un poco idiota. Yo confieso haberlo sido muchas veces por una sola razón: puesto que he pagado el libro, me niego a no leerlo aunque me vaya dando cuenta de que no me interesa demasiado. He hecho una inversión y sólo será rentable si leo el libro. ¿Pero es rentable el fastidio y el aburrimiento que ello me causa? Sí, realmente soy un poco idiota, y tengo que pensar mejor qué libros compro.

jueves, 16 de febrero de 2017

Los ojos de Davis, los ojos de Sarandon

Siempre pensé que había un hilo directo entre los ojos de Bette Davis y los de Susan Sarandon y, mira por donde, la actualidad cinematográfica viene a confirmármelo. La cadena HBO va a estrenar una mini serie que cuenta los avatares del rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane?, protagonizada por Bette Davis y Joanne Crawford. Pues bien, ¿saben qué actriz encarna a la primera? ¡Susan Sarandon!

domingo, 12 de febrero de 2017

Momento La Tour

El pasado viernes día 3 el temporal que asoló Galicia nos regaló un momento La Tour. Se fue la luz y mi madre y yo nos alumbramos con sendas velas. Sin nada que hacer, cada uno a su manera se puso en estado de semi-sueño o semi-vigilia, como una Magdalena o un San José del pintor francés. Solo faltó la aparición de un ángel.

viernes, 10 de febrero de 2017

Ira y desprecio

Supongo que hay un arte de la ira y el desprecio que, cristianamente, se pueda manejar y se deba usar. ¿Existirá tal carisma, el don que cualifique a alguien para que muestre ira contra personas y desprecio frente a ideas y actitudes?  

miércoles, 8 de febrero de 2017

El duelo

Su padre no sólo murió de cáncer sino que además tuvo tremendos dolores, lo que lo empujó, furibundo, a dirigirse al médico para que se lo evitase sin dilación. No sé si, de no haber muerto en estas circunstancias, su duelo habría sido menos duro, pero el caso es que le hizo frente con un do pecho, en el que se dijo a sí mismo: “Vale, esto va a durar alrededor de un año o sea que p’alante”. Y, así, sabiendo que el tiempo de duelo tenía sus meses contados, se tiró con arrojo a la piscina.

lunes, 6 de febrero de 2017

Cuadrar el círculo

Si sales derrotado de ciertos intentos vitales en los que intentaste cuadrar el círculo, aunque sea a regañadientes acéptalo. Más pronto que tarde quedarás tranquilo.

sábado, 4 de febrero de 2017

El diablo se niega

El diablo se niega tanto a sí mismo que al final consigue no ser más que una abstracción. Por eso podemos creer que no existe.

jueves, 2 de febrero de 2017

Justo a mí

Demasiada seriedad, tantas veces.
Demasiada pulcritud, tantas veces.
Demasiada susceptibilidad, tantas veces.
Demasiado maticismo, tantas veces.
Demasiado perfeccionismo, tantas veces.

¡Ay, “justo a mí tenía que tocarme ser como yo”*!

*Felipe, el amigo de Mafalda, el celebérrimo personaje creado por el humorista gráfico Quino.

martes, 31 de enero de 2017

Desmontar mentiras, decir verdades

Si una de las tareas de la historiografía consiste en desmontar mentiras y decir verdades, a María Elvira Roca Barea, por su Imperiofobia y leyenda negra, habría que darle el premio más extraordinario que pensarse pueda. Si tuviera más ojos que dos, todos se me abrirían como platos tras ver cómo esta mujer, una auténtica lince, va poniendo cara arriba, una tras otra, todas las afirmaciones de la leyenda negra para que quede bien a la vista lo que fueron: medias verdades cuando no burdas mentiras, orquestadas en todos los casos por élites locales que veían peligrar su poder. Primero fueron los humanistas italianos, después los reformados y nacionalistas alemanes, después los orangistas de Flandes, más tarde los anglicanos desde Enrique VIII en adelante, después los Ilustrados franceses, después los liberales del siglo XIX, después, a finales de este mismo siglo, los americanos que se dejaron embaucar por el poderosísimo Hearst y así hasta hoy, pues el asunto todavía colea en pleno siglo XXI. Creo que nunca un libro de historia me sacó más vendas de la cara que este y no creo que sean muchos los que le hayan hecho tanta justicia a España y al Imperio español. “El Imperio español merece justicia histórica y la tendrá, pero hace falta mucho más tiempo”, dice la autora en las últimas páginas del libro. No estaremos nosotros aquí para verlo, claro, pero nunca es tarde para la verdad cuando esta llega.

lunes, 30 de enero de 2017

Meryl Streep, again (y van veinte)

Este año Meryl Streep ha recibido su vigésima nominación a los óscar, y vendrán más en años próximos, eso seguro. Yo me uno a todos los que afirman que es una actriz sobrevalorada. Es muy buena, de eso no cabe duda, y a mí me gustó muchísimo en Kramer contra Kramer, Silkwood, Los puentes de Madison, Las horas y El diablo se viste de Prada. Lo que no me gusta de la Streep es que, teniendo una técnica perfecta, no consigue que no se note que la tiene. Esto le quita magia, verdad, espesor, a muchas de sus interpretaciones. Su tan alabada interpretación de Margaret Thatcher, por ejemplo, que le valió su tercer óscar, fue, sí, una genial imitación, pero solo fue imitación y no recreación, salvo quizá en la parte que cuenta los últimos años de vida de la premier británica, cuando ya padecía los efectos del alzheimer. Recuerdo que por esas fechas, recién estrenada la película, Elvira Lindo comentaba esto mismo y hacía valer su argumento contraponiendo a la interpretación de la Streep la de Julianne Moore en el personaje de Sarah Palin, la cual, más que un calco genial, lograba la recreación vívida de esta política estadounidense.

sábado, 28 de enero de 2017

Donaldo Trump

Si es que eran aburridas nuestras vidas, desde ya dejarán de serlo gracias a Donaldo Trump, que no va a dejar de proporcionarnos un chute de emociones un día sí y otro también. Se debe divertir de lo lindo viendo cómo, ahora aquí y luego allí, se levantan como olas sus enemigos: primero las mujeres, después los medios de comunicación, ahora los mexicanos. ¿Cuál será la siguiente ola, el nuevo frente anti-Trump que Donaldo, partiéndose de risa en su butaca del despacho oval de la Casa Blanca, conseguirá que se levante contra él? Ya digo, tenemos por delante cuatro años de espléndidas emociones. Aquí no se va a aburrir nadie.

jueves, 26 de enero de 2017

Yo para mí

Que sea yo para mí el primer motivo de mi felicidad.

Que sea yo para mí un permanente motivo de felicidad.

jueves, 19 de enero de 2017

Los lleva puestos

Yo me mostré muy contento cuando supe que todos mis sobrinos de Silleda querían ir al entierro del tío Luis. “Le va encantar”, les dije. Y no paré aquí. “Oye, y, salvo que os horripile, acercaos a verlo en el féretro. Os resultará muy educativo”. Al día siguiente, cuando entraron en el velatorio, sin duda ni arredro alguno, se aproximaron al ataúd y, más que mirarlo, lo escrutaron. “¿Qué te parece, Martina?” Martina tiene nueve años y es un encanto de niña. “¡Uy, qué mal rollo!”, me contestó. Mal rollo sí, pero no una sino varias fueron las veces que se acercó a contemplar el cadáver de su tío abuelo.
El día anterior habíamos ido mi madre, mi hermana María y yo a velarlo. Al entrar en la habitación, no tardé nada en situarme junto el ataúd para observar su cadavérico rostro. Su expresión era apacible pero, como le faltaban las gafas, resultaba un tanto irreconocible. “Pensé en ponérselas”, me dijo Arsenio, el superior, “y también el bastón, su gran aliado en estos últimos tiempos”. “Oye, no dudéis en quedaros con unos zapatos que se compró en Silleda estas Navidades y que deben de estar casi nuevos. A alguno le servirán”. “Los lleva puestos”. ¡Qué gran tipo Arsenio! Le entristeció que no quedáramos toda la familia a comer con ellos. Insistió hasta la saciedad, convencido de que las dos familias de mi tío Luis debiéramos sentarnos y sentirnos juntos el día de sus exequias. Le prometí que otro día, más adelante, vendríamos a disfrutar de sus agasajos. Espero no faltar a esta promesa. Bien lo merecen sus extraordinarias dotes como anfitrión, su simpatía innata, sus ocurrencias sin descanso.

miércoles, 18 de enero de 2017

Corona a tu siervo, Señor

“Corona a tu siervo, Señor”. Esta es la petición que me vino a la cabeza ayer por la noche, cuando estaba en cama. Pensaba en mi tío Luis, a quien habíamos enterrado por la mañana en el monasterio mercedario de san Juan de Poio. El próximo diez de marzo habría cumplido ochenta y nueve años. De camino al cementerio, veíamos al fondo la ría de Pontevedra. El día que lo trajimos a esta comunidad mercedaria, una vez que entró en su habitación, lo primero que hizo fue asomarse al balcón, mirar al cementerio y decir: “Ahí está mi próxima casa”. Tenía muy claro que había venido a morir a Poio y que aquí quería ser enterrado. Se cumplió justo antes de que lo hubiesen trasladado a la residencia para los mercedarios mayores que la orden fundada por san Pedro Nolasco tiene en Salamanca. Y fue también ayer por la noche cuando fui consciente de que, un poco sin darme cuenta, en algún momento en que me quedé contemplándolo fijamente en uno de los días que pasó con nosotros en Navidad, medio le había pedido a Dios que le concediera a su siervo su más que merecido descanso y se lo llevara consigo. Mi tío Luis, debido a la falta de riego sanguíneo en el cerebro, padecía vértigos y mareos; sufría un insomnio casi crónico; cualquier ruido inesperado era para él como una descarga eléctrica que le producía un temblor espasmódico; su memoria de las cosas recientes la había perdido casi por completo y él era consciente de ello. Nadie, al verlo, podía imaginar tales cosas porque su aspecto exterior era estupendo, con un cutis fino en el que apenas había arrugas, y por eso le decían: “Padre Luis, ¡pero qué bien está usted!”. “La carcasa, solo la carcasa”, respondía él.
Y como esto va de los pensamientos que le vienen a uno a la cabeza, otro que también me vino un día fue pensar que, más allá de sus defectos, una corriente de santidad lo había acompañado a lo largo de su vida. Lo compartí con mi hermana Lucía y se mostró de acuerdo.
¿No es fenomenal haber llegado por fin a casa, tío Luis?

miércoles, 11 de enero de 2017

martes, 10 de enero de 2017

Las razones de la razón

Vale, el corazón tiene razones que la razón no entiende pero seguramente la razón tiene también razones que el corazón no entiende. Les toca trabajar juntos.

martes, 3 de enero de 2017

Absolutamente inexplicable

Si alguna duda me quedaba, la relectura de El mal, del teólogo lovaniense Adolphe Gesché, me ha confirmado en la idea de que el mal es absolutamente irracional e inexplicable. Lo que Gesché consigue de modo insuperable es hacernos ver por qué es así. Ni siquiera la teología, que en este punto puede y debe ir más allá que la filosofía, es capaz de dar una respuesta a la pregunta de por qué el mal existe. Echando mano del tan sencillo como profundísimo relato del Génesis, solo se podrá decir dos cosas: que hubo un agente tentador, exterior al hombre, la serpiente; y, en segundo lugar, que Eva y Adán cayeron en la trampa, es decir, que pecaron. Pero la irracionalidad persiste y el relato del Génesis, más que responder a un “¿por qué?”, relata un “fue así”. Todos damos testimonio de esta irracionalidad cuando, ante un acto malvado, nos decimos: “Pero, ¿cómo fue capaz, por qué lo hizo, qué le paso por la cabeza? Debía de estar loco”, etc., etc., etc. En última instancia terminamos por apelar a la locura, es decir, a la anormalidad, a la irracionalidad, para tratar de entender lo que es absolutamente ininteligible.

domingo, 1 de enero de 2017

PH

¿A cuántos como él les habrá tocado ser la percha moral y afectiva de la que se cuelguen gente desvalida y también un tanto aprovechada? PH es una persona extraordinaria, de gran inteligencia y enorme sabiduría. No sé cuánta de esta se la debe a la dolencia que lleva padeciendo desde hace seis años, pero, por muy alta que sea la dosis extra que le haya proporcionado, él habría sido igualmente el gran hombre que es. A veces tiene que dar algún coletazo para alejar a los chupópteros que solo buscan y no dan nada a cambio. Ser una columna en medio de hombres débiles tiene estas inevitables consecuencias.
Me gustó mucho una observación que hizo un día. Cayó en la cuenta de que para la moral cristiana la pereza es un pecado capital y le pareció un acierto porque en muchas de las personas que reciben de él consejo y orientación detectó la falta de ganas para cambiar de vida, para aplicar esos ajustes en tu comportamiento que tu inteligencia distingue claramente. No cambias de vida porque, simplemente, no te apetece, te da pereza, y esto es algo tremendo.