domingo, 31 de enero de 2016

Sueños

SUEÑOS

La altura de un hombre queda definida por la de sus sueños: llegará él hasta donde lleguen ellos. Si no van más allá de sí mismo se quedará en la orilla de acá de sí mismo, si van más allá de sí mismo alcanzará la orilla de allá de sí mismo. Es por lo tanto el querer de todo ese concentrado que aquí llamamos sueños el que hará que el hombre se agigante y no se achique, se transfigure y no se desfigure, se complete en una tercera dimensión y no se quedé en una segunda o inclusa primera, que sea volumen y no línea o simplemente punto. Su querer ser más impedirá que sea menos, menos que un hombre.

domingo, 24 de enero de 2016

Dios dirá

“Dios dirá”. Es él el que dirá, no el azar, ni el destino, que no serán más que sus portavoces. La voz será siempre la de él, solo él hablará, solo él es la palabra, la Palabra. “Y dijo Dios: Hágase…”. El “Dios dirá”, si algo significa para los cristianos, se retrotrae a aquel decir del Génesis para seguir su estela, es decir, creando, haciendo, disponiendo la bondad de las cosas y los acontecimientos, que quedan así en sus manos incluso cuando parecen que no están sino en las del diablo. Este podrá matarnos pero Dios mata al diablo y a nosotros nos revive.

(De De camino)

domingo, 17 de enero de 2016

El fuego redimido por el fuego

La redención del fuego por el fuego.
¿Quién, pues, urdió el tormento? El amor.
(T. S. Eliot)

Te quema el ósculo de Judas
traidor, te queman
los besos de la mujer postrada
a tus pies.
Una pira morirá en la otra pira.
Daño y beso,
cizaña y trigo a la par
galopando,
fajándote,
una llama morirá en la otra llama.
El desamor
inventó el tormento,
el amor
inventó el tormento.



domingo, 10 de enero de 2016

Un cienmilpiés

Volver a ser, impenitentemente, después de haber sido y para proseguir siendo. La tarea no está acabada, no se acaba nunca, como si fuésemos, no un ciempiés, sino un cienmilpiés que no termina de pasar.

sábado, 9 de enero de 2016

Escuchar

Lo que siempre estará en mi mano en una conversación, por más agria e intempestiva que se ponga, es escuchar. Esto solo depende de mí y que sea así me consuela muchísimo porque nunca faltarán las condiciones para que pueda cumplir uno de los requisitos principales de una conversación, sin que nadie pueda impedírmelo. Lo otro, lo que yo diga y exponga, no podrá eludir los factores en cierto modo incontrolables, que están siempre sujetos a la vivacidad y particularidad del momento, y que son el interlocutor o interlocutores que tenga delante con todas sus especifidades, yo con todas las mías y el entorno con todas las suyas, de las que dependerá la mayor o menor calidad de la conversación, sin descontar que pueda no alcanzar ninguna.

lunes, 4 de enero de 2016

Paso la vida

Así como uno debe amar sin esperar nada a cambio, así debe leer sin esperar nada a cambio más allá del puro gozo de leer.

Leo porque me interesa, me gusta, me entretiene, me acompaña, porque llena mi tiempo y así paso el rato, paso la vida. Leo para abismarme más allá de mí, para encontrar lo que yo no tengo, para disfrutar con los logros de otro, para ver hasta dónde llega la genialidad humana; leo para entenderme, para saber quién soy, para situarme, para estar también, sí, informado. Leo por el puro placer de leer, motivo al fin tautológico: me gusta leer porque me gusta leer. Leo sin cesar y me canso de leer no cansándome nunca de leer. Sin lectura me quedo huérfano, aunque la demasiada lectura me abruma a veces a posteriori, cuando me pregunto lo que uno nunca debe preguntarse: “¿para qué tanta lectura?” Para nada, para todo, para pasar el rato y pasar la vida.

En mi caso es importante no buscarle réditos eruditos a la lectura. Si lo hago, caigo en desesperación, porque, a bote pronto, y tras pasar los ojos por los cientos de libros que uno lleva ya leídos, compruebo que en mi recuerdo apenas ha quedado nada. ¿De qué iba este libro, y este, y este, y este...? Uno entiende entonces que es muy justa la definición de la cultura como el poso que queda después de haber leído cientos de libros, pues, para el común de los mortales, con memorias precarias y nada prodigiosas, lo que queda ciertamente son solo unas borras. Pero mi problema es que no acabo de conformarme con estos minúsculos restos y ahí es donde surge mi desolación y mi cabreo. Si no envidiara al erudito, al que sabe muchísimo entre otras cosas porque cuenta con una proverbial memoria, y, ojo, porque también se lo ha currado con muchas horas no solo de mera lectura sino también de estudio, no habría tal problema. Pero la cuestión de fondo es que de unos años acá se me ha dado por querer saber y no olvidar ya nunca, y, claro, bajo esta luz, te quedas helado al comprobar todo lo que en su momento has sabido y ahora ya no sabes, que es casi todo. Para que estos asuntos no me agobien mi deseo lector tiene que ser redefinido como un deseo de nada, que en mi caso significa el humilde anhelo de que tal o cual libro, como un buen amigo, me acompañe no más que unos días, unas horas, para pasar el rato, para pasar la vida.

domingo, 3 de enero de 2016

Baile en Bougival


Renoir, Baile en Bougival


Ella, tocada de rojo, él, con un sombrero amarillo; ella, con un vestido blanco, él, con un traje azul; él, la mano en su cintura, ella, la mano en su cuello; él, que la mira, ella, que evita su mirada: él, que la requiere, ella, que se siente requerida. Solos los dos, giran y giran con su baile hasta que, vencida la gravedad, el amor los lleva en volandas a lugares ignotos, lejos del mundo.