lunes, 30 de septiembre de 2013

La etiqueta

La etiqueta en una prenda de vestir nos informa de algo sobre ella pero no la suplanta. De hecho, el espacio que ocupa en alguna de sus costuras es mínimo. Lo mismo debiera ocurrir con las etiquetas que se le adjudican a las personas: informarnos escuetamente de algunos de sus perfiles. Lo que es escueto debe quedar siempre como tal y nunca puede ser tomado como el todo al que apunta. Si etiquetar a una persona consistiera siempre y sólo en esto, no tendría por qué ser un problema. Sin embargo lo es, y de ello ya da cuenta el hecho de que la expresión tenga una connotación negativa. Al convertirse la nota en libro, el apunte en cuadro, la persona queda del todo explicada y encerrada en el espacio mínimo de la etiqueta: su complejidad ha sido expulsada y nosotros entonces, eximidos de la dificultosa tarea de entrar en detalles, la cortamos con la misma facilidad con que, con una tijera, cortamos la silueta que hemos dibujado en un papel.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Bautismos de verano

El verano es tiempo de bautizos. Si entre los invitados hay chicas jóvenes, las veremos pidiendo a gritos un Hola que las retrate: tacones de vértigo, vestidos que dejan a veces al descubierto una gran parte de la espalda y una gran parte de las piernas. El pasillo central de la iglesia se convierte de pronto en una imprevista pasarela. Y ellos, de traje y con corbata, apuestísimos.
En tiempos pasados a uno le salía el Bloy que llevaba dentro y recusaba lo que le parecía estar viendo, una presentación en sociedad del, o de la, recién nacido, o nacida, más que un ingreso consciente y consecuente en la comunidad cristiana. De un tiempo a esta parte mi Bloy y sus exigencias de lucidez se han atemperado y me sale la parte buenista con sus entrañas de misericordia. Me ayuda a ello la solicitud del bautismo para su hijo o su hija que X, el nuevo párroco, les hace leer al padre o a la madre desde el ambón y en el que se hace mención a “la debilidad de nuestra fe”. Esta expresión es harto necesaria dado lo que uno presencia, dejando aparte lo que haya en el fondo del corazón, sólo por Dios conocido y juzgado. Y lo que uno presencia, por ejemplo, es que sólo en muy contadas ocasiones los padres comulgan, e igualmente los padrinos.
¿Por qué los bautizan? Por satisfacer a los abuelos de las criaturas; por un “por si acaso” que uno oyó en una ocasión y que me lleva todavía hoy a preguntarme ¿por si acaso qué?; por la inercia de una tradición que aún tiene un gran tirón y que exige cumplir el trámite; y, ¿por qué no? y ojalá que así sea, por un poquito de fe que, aunque desinformada y mal formada, sigue haciéndose un hueco dentro de sus almas.
Si los requisitos que pide la iglesia a los padres que quieren bautizar a sus hijos son mínimos porque sus entrañas de misericordia son máximas, uno desearía por ello mismo que los representantes de la primera les leyesen a los segundos toda la cartilla sin saltarse ni una coma: una presentación completa y diáfana de lo que es el bautismo y de aquello a lo que se comprometen desde el momento en que éste tiene lugar.
¿Cuándo X e Y, padres cristianísimos, tendrán un hijo y podrá uno entonces asistir a un bautizo en toda regla, lúcido, entrañable, a la altura de las circunstancias, en el que cada palabra pronunciada sea una palabra sentida y pensada? Ojalá que pronto. Mientras tanto, tiene uno que conformarse con lo que hay, que es poco, muy poco, poquísimo.

jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Siguen los niños...

¿Siguen los niños buscando grillos?
¿Siguen los niños subiéndose a los árboles?
¿Siguen los niños cazando saltamontes?
¿Siguen los niños pillando mariposas?
¿Siguen los niños descornando vacalouras?
¿Siguen los niños haciendo bolas de barro?
¿Siguen los niños construyendo cabañas en el bosque?
¿Siguen los niños buscando nidos?
¿Siguen los niños asando panojas?
¿Siguen los niños jugando a la pídola?
¿Siguen los niños jugando a “me quiere, no me quiere, ¡¡me quiere!!”?

martes, 24 de septiembre de 2013

Desnudo

Hay momentos en que quisiera poner el reloj a cero y no saber nada: volver a ser ingenuo, como un niño, volver a ser inocente, como un santo.
Hay momentos en que me pesan las cosas y quisiera desnudarme, como lo hizo san Francisco: “ligero de equipaje”, o incluso sin ninguno, ir “como los hijos de la mar” (Antonio Machado).

lunes, 23 de septiembre de 2013

Terapeutas

A los maestros de la sospecha, Feuerbach, Marx, Freud, Nietzsche, hay que agradecerles que descubrieran la grasa del cristianismo, su colesterol malo, que funcionaran como hígado y fueran en este sentido desinfectantes, raticidas, terapeutas.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Una lectura lenta

¿Quién lee despacio? ¿Qui-én ha-ce es-to? El verso reclama una lectura lenta, también el párrafo meditativo. En la novela y el ensayo se puede correr un poco más.
Ángel me dijo más de una vez que, entre los varios beneficios posibles, uno de los que podrían obtener sus alumnos de griego cuando traducen un pasaje de Homero es el de aprender a leer despacio. Sólo por esto ya les habría valido la pena. Y supongo que le vale a todo aquel que traduce, y más si no domina la lengua que quiere trasvasar a su propio idioma.

La reciente lectura de la obra de Christian Bobin, Le Très-Bas (El bajísimo), me impuso esta demora porque me encontró bastante torpe, como si fuera la primera vez que tuviese entre mis manos un libro en francés. Ello me obligó a detenerme casi en cada palabra, en cada sustantivo, en cada adjetivo, tanto que casi me di por vencido. Pero, a Dios gracias, me puse cabezón y la lentitud exigida acabó siendo un aliado, no sólo porque así hacía más mía la lengua de nuestros vecinos, sino porque me convirtió en un lector al que terminó por apasionarle esta lectura despaciosísima.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Me lo pide el cuerpo

“Me lo pide el cuerpo” es una expresión asumible si uno piensa en la profundidad con que lo dota el cristianismo. Sería equivalente a decir “me lo pide el alma”.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Hacer el amor

¿Hubo un tiempo en el que en vez de “follar”, “me la tiré” o “me lo tiré” se decía “hacer el amor” aun cuando sólo se hiciese el sexo? Si lo hubo, fue un tiempo mejor que el nuestro.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ergonomía

Créanme, un cuerpo relajado y bien puesto es buena medicina. Prueben a sentarse con la espalda siempre erguida, los hombros levantados y echados hacia atrás, las plantas de los pies bien apoyadas en el suelo, la mandíbula destensada, caída. Las manos, si no están ocupadas, que descansen sobre las piernas. Hagan de esto un hábito y ya nunca querrán estar de otra manera, y tampoco el alma, me parece, lo querrá.
También es importante que no se dejen encorvar ni echar barriga, o por lo menos no demasiada barriga. Anden pues con la espalda bien recta, los hombros como ya señalé arriba y el estómago metido hacia dentro. Al principio les costará un poco pero después sentirán que es el cuerpo quien se lo pide pues ya no se encontrará, ni se encontrarán, a gusto de ningún otro modo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Ancha es Castilla

Ancha es Castilla y también profunda, grávida, ligera. Castilla y lo castellano es lo histórico-español por excelencia, pues en ella se apoya España, nace de ella y a ella debiera volver una y otra vez.
La generación del 98 redescubrió Castilla y así la quiero yo en mí, siempre redescubierta, esta vez en Ávila, al hilo de Pedro Berruguete y su retablo del monasterio de Santo Tomás, del infante don Juan, el hijo de los Reyes Católicos muerto a los 19 años de edad, del monasterio de la Encarnación, donde profesó Santa Teresa y del que fue priora durante tres años, de la iglesia de San Vicente, de su magnífica muralla, de la catedral y sus esculturas de alabastro, de Fontiveros, cuna de San Juan de la Cruz, de don José Jiménez Lozano y de Alcazarén, la villa en la que vive.
Donde la luz es Ávila, reza el título de un libro, y reza bien, muy bien.

lunes, 16 de septiembre de 2013

El cielo en Castilla

Me había olvidado de cuán extenso es el cielo en Castilla. Sin montañas que lo acorralen, se alarga hasta un horizonte mucho más lejano que el de Galicia. Las puestas del sol, por la misma razón, obtienen mayor holgura, más profundidad, y las nubes, más espacio.
El hombre que nace, vive y muere aquí tiene por fuerza que ser distinto que el que nace, vive y muere en Galicia.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El hombrecillo

Don José Jiménez Lozano nos espera sentado y leyendo un libro junto a la puerta de su casa, al otro lado de la verja. Es un hombre muy bajo y viste un elegante traje de color canela. Aurora le entrega a su mujer, doña Dora, de Adoración, una tarta de chocolate que ha hecho ella misma. “Para los nietos”, le dice, tras escuchar sus cariñosas protestas.
Nos sentamos en el jardín, cada cual con la consumición que nos ha ofrecido doña Dora. Le pedimos que se quede con nosotros y así lo hace. Corre el aire, todavía no muy altanero. El autor de Sara de Ur lleva puestas unas gafas de sol, que se quita un poco más tarde. Vemos entonces sus ojos azul claro, vivísimos. Las intervenciones más largas del diálogo que se entabla entre nosotros corren a su cargo. Hablamos de muchas cosas: de literatura, de arte, de política, de educación, de historia. Yo lo escucho extasiado: ¡me encuentro ante una leyenda viva de la literatura española! Su mirada recorre las nuestras. Cuando se detiene en la mía yo me cuelgo en la suya, con ansia de encuentro.
Dos horas más tarde, a las siete, el viento comienza a ser molesto y doña Dora nos invita a entrar. La conversación continúa en el escritorio de su marido, ordenado y atestado de libros, acaso más íntima. Resulta muy gracioso ver cómo don José Jiménez Lozano se encrespa y pega un brinco en la silla cuando su esposa atempera alguna de sus observaciones.
A las ocho decidimos marcharnos. Fuera de la casa, a pocos metros de la verja, se repiten los apretones de manos. Yo soy el último en estrechar la del maestro. Obtengo entonces un maravilloso regalo: retiene durante un buen rato la mía, mientras nos dirige unas últimas palabras. Dada su poca altura, tengo que inclinarme un poco para poder sostener la suya.
Ya en el coche de vuelta a Ávila, G., el marido de Aurora, dice: “yo de mayor quiero ser como él”.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Me podría pasar horas

Me podría pasar horas sentado en el Panteón de Roma mirando el óculo central de su cúpula.
Me podría pasar horas contemplando el retrato de Baltasar de Castiglione, de Rafael.
Me podría pasar horas mirando el rostro de Glenn Close, mientras la echadora de cartas le cuenta lo que ellas revelan, en la película Cosas que diría con tan sólo mirarla, de Rodrigo García.
Lo bello, lo revelador, lo fascinante: todo se aúna en los tres casos para que una emoción infinita me envuelva y me penetre sin dejarme ya nunca.

martes, 10 de septiembre de 2013

Lo nuevo y lo antiguo

“Ya veis, un escriba que entiende el reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo” (Mateo 13, 52), para que lo antiguo vele por lo nuevo y lo nuevo vele por lo antiguo, pues no es posible sacar el novum si no se saca al mismo tiempo la traditio.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Perpetraciones estivales

Llegados los calores llega el despliegue de las antepiernas varoniles, que sus dueños dejan ver tras ponerse los inevitables pantalones cortos. La calidad estética del paisaje humano disminuye varios enteros mientras sube la apuesta infantilista. “Ande yo fresco y que se rían tan contentos”, dirán los afectados, y dirán bien. En algún caso, el desafuero estético es de juzgado de guardia, como el de un tipo que conozco y que me viene ahora a la cabeza: un barrigón que, no bastándole con ponerse un pantalón corto cuyo cinturón ciñe su barriga con fuerza, calza sandalias con calcetines. La estampa es fenomenal de puro estrambótica. El abanico de las perpetraciones es variado: un pantalón feo o muy feo, una camiseta hortera, calcetines blancos dentro de las sandalias, deportivos blancos y enormes con calcetines negros, etc. No queda sino reírse con este despiporre veraniego.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La huella del peregrino

Aunque ya en enero se ve pasar a algún peregrino jacobeo por detrás de mi casa, siguiendo la ruta de la plata, la gran oleada tiene lugar en verano. Fui a caminar hace un rato y me crucé con por lo menos cinco. Los que llegan un viernes por la mañana tienen la suerte de encontrar la iglesia abierta, pues están mi madre y otras señoras limpiándola y adornándola con flores nuevas. Son ellas las que les sellan la compostelana. El resto de los días tienen que acudir a un bar, el bar Toxa.
Mi madre me pone al corriente de su paso y de su origen. Los extranjeros que no entienden el español adivinan sin embargo cuando se les pregunta de dónde son. Responden que de Hungría, de Canadá, de Estados Unidos, de Francia, de Alemania, de Gran Bretaña, de Irlanda, de Puerto Rico... y de distintos puntos de la geografía española.
Para el gremio de la hostelería de Silleda el paso de los peregrinos ha supuesto toda una lotería. Pero no es menor la que representa su sola presencia, el ancho mundo que con ellos viene, la vida que traen consigo y que dejan aquí como un rastro. A cincuenta metros de mi casa, en el chaflán de un edificio se pegó una lámina de pvc en la que se recortaron las letras que componen el siguiente mensaje en gallego: “Se foramos capaces de remontar cara atrás as pegadas dos pasos de cada peregrino...”, seguido por la figura de un peregrino. Debajo se ve un pie de escayola en altorrelieve, flanqueado a izquierda y derecha por el mismo mensaje, ahora pintado, en su versión española e inglesa. El remate, en la parte inferior, es un lema: “Silleda, un alto no camino”, al que subrayan dos flechas amarillas que le indican al peregrino por dónde sigue la ruta jacobea.
“Si fuéramos capaces de remontar hacia atrás las huellas de los pasos de cada peregrino” sabríamos de dónde partieron y por dónde vinieron, que en otro orden de cosas significa saber quiénes son, o mejor, quiénes fueron, cuál era su vida, qué deseaban, a dónde querían llegar.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Miseria y compañía

Tras leer las primeras cien páginas de Miseria y compañía, de Andrés Trapiello, la décimo octava entrega de su viarionovela Salón de pasos perdidos, sentí que ni él podía prestarme ya mucha compañía ni tampoco yo a él: la sensación de déjà lu era abrumadora. No abandoné sin embarga la lectura y poco a poco fue emergiendo la antigua alianza. Lo había abordado en principio con poca curiosidad y escaso entusiasmo y, aunque éste no volvió por sus fueros, sí que reapareció finalmente lo que tan bien nos facilita el título y que nunca había faltado en mi lectura de los diecisiete volúmenes anteriores: la compañía.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Dotación y vocación

Hablando de Goethe, escribe Ortega y Gasset: “Ciertamente, sería un error fundamental creer que la vocación de un hombre coincide con sus dotes más indiscutibles (...) A veces, la vocación no va en el sentido de las dotes; a veces va francamente en contra” (Tríptico).
Me chocó esta afirmación la primera vez que la leí. Releída, me choca menos, si bien uno agradecería que Ortega hubiese esclarecido la cuestión citando el ejemplo de algún personaje en el que se hubiese dado tal circunstancia. Bueno, sí cita uno, el mismo Goethe, del que dice: “Hay casos -como el de Goethe- en que la multiplicidad de dotes desorienta y perturba la vocación; por lo menos, aquello que es su eje”, pero uno querría un ejemplo todavía más claro, o completamente claro. A poco que lo piense uno, sin embargo, enseguida le vienen a la cabeza personas que escriben muy bien, que cantan muy bien, que pintan muy bien y que no son sin embargo ni escritores, ni cantantes, ni pintores vocacionales. ¿Cuántas veces no hemos estado ante personas así y les hemos preguntado, o les han preguntado otros, “oye, ¿y tú por qué no te dedicas a escribir, a cantar, a pintar? Tienes dotes para ello”? Exceptuados los casos de vocaciones que no pudieron desarrollarse por cualesquiera circunstancias, parece que tenemos que coincidir con Ortega en que la dote no siempre trae aparejada la vocación. Otro tema es si uno puede estar vocado a algo sin que esté dotado para ello. La lógica impide que respondamos afirmativamente, la misma que está detrás de la plegaria que San Agustín dirigía a Dios: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.
Juan Luis Ruiz de la Peña (1937-1966), que fue mi profesor de antropología teológica en Salamanca y director de mi tesina, tras ordenarse sacerdote en 1961 hizo a la par dos cosas en Roma: doctorarse en teología en la Universidad Gregoriana y completar sus estudios de música en el Pontificio Instituto de Música Sacra, especializándose en piano y órgano, donde obtuvo, si mal no recuerdo, la medalla de oro. Excelentemente dotado tanto para la teología como para la música, se dedicó a la primera con excelentes resultados. Sin embargo, cuando lo acompañé en mi último año en Salamanca a la estación de autobuses en la que cogería el que lo llevase a su queridísima Oviedo, me confesó lo siguiente en la barra de la cafetería: “A mí la teología me interesa pero no me importa”, es decir, me dedico con interés a ella pero no vitalmente, si no interpreto mal sus palabras. Su vitalidad estaba en otra parte, en la música, a la que no pudo entregar su vida, pues entraron en juego nuevas coordenadas: la obediencia sacerdotal a las necesidades de la iglesia, el envío que ella hace, la misión que encarga. En este sentido, en tanto que enviado, que misionado, Juan Luis estuvo vocado a la teología, a la que sirvió con excelencia, y no a la música, para la que estaba igualmente dotado.
Con respecto a lo señalado por Ortega el caso de Ruiz de la Peña no nos sirve como ejemplo porque su vocación eclesial coincidía con dotes indiscutibles. Nos sirve, a su muy particular manera, en tanto que su vida vocacional no coincidió con la música, para la que tenía acaso dotes todavía más indiscutibles.

martes, 3 de septiembre de 2013

L.

Los calores que pensaba haber dejado en Sevilla los encontró aquí durante la primera quincena de julio. El alivio vino después, cuando nos abandonó la ola de calor. A sus 85 años mantiene una tez intacta, sin arrugas, y sigue con su ampliada cintura, a la que sería erróneo llamar panza pues se trata más bien de una redondez. Su nariz es un tanto afilada, como la de mi madre o la de mi tío P.
Es un hombre con un rigurosísimo sentido del deber, que no lo atrinchera sin embargo en ningún tipo de dureza prusiana.
De mí, más que conversación espera escucha, lo que no me parece mal en absoluto pues serían demasiados los puntos que debería matizar o de los que tendría que discrepar. Mi cómoda situación de mero escuchante me lo evita.
Si tuviese más información, o mejor, si estuviese dispuesto a tenerla, no hablaría de Franco como habla. Y como él tantos, todos los que consideran que con Franco “había más moralidad y no se veían las cosas que ahora se ven”. Se trata de una gente que nunca sintió la acucia de la libertad y para la que era mucho más importante que lo que ellos entendían como “valores morales” estuviese bien protegido. A tales efectos, Franco era el auténtico valedor de “Dios y España”.
Creo que tiene un amplio conocimiento de la naturaleza humana. Para esto no le ha faltado una inteligencia bastante comprensiva de la bondad y debilidad del hombre.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La verdad por delante

La verdad por delante...

... y por detrás, y a la izquierda, y a la derecha, y arriba, y abajo, y dentro, y fuera, y más cerca, y más lejos, y aquí, y ahí, y allí, y allá...