domingo, 30 de octubre de 2011

La Verdad

La Verdad no necesita el refrendo de nadie pero quiere el amor de todos. No aumenta con el número pero gusta de la salvación. No hace prosélitos sino que suscita hijos. No explota, se expande.

sábado, 29 de octubre de 2011

Hoy


Un hoy es Hoy si está preñado de grandes esperanzas. Las de nuestro tiempo son pequeñas, signadas tantas veces por el egoísmo y el miedo.
Para un cristiano el hoy es la ocasión del amor, sostenido por la fe que viene del ayer y la esperanza que avanza hacia el mañana.

viernes, 28 de octubre de 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

Sin pendiente


El invierno cayó, repentinamente, y la delicia de sentirse atrapado en casa no orilló el desconcierto de su irrupción intempestiva. La falta de transición otoñal nos privó de la suave pendiente que va del verano al invierno, que nos acomoda a lo que viene mientras nos despide de lo que se va. En su lugar, sin nada que salvase el desnivel, el puro abismo en que hemos caído agradecidos y desmañados.

martes, 25 de octubre de 2011

A cada uno su cielo

Vuelvo a lo del cielo de Madrid para decir que es literatura, apunte de poeta y no de astrofísico, cosa buena por tanto, como lo es siempre la literatura si buena es. ¿Y a cuenta de qué todo esto? Pues a que miro el cielo de aquí, en Silleda, y no veo que no tenga él lo que el pasado día 15 observé que tenía el de Madrid. Todo esto no importa nada, obviamente, y no seré yo el que le discuta a nadie que el cielo de Madrid sólo lo tiene Madrid. A cada uno su cielo, y ya está, que buenos son los amores hiperbólicos y lo demás quisquillosidades.

lunes, 24 de octubre de 2011

El acupuntor


De la acupuntura no obtuve los resultados que yo esperaba pero los tres meses que acudí a las sesiones me dieron a conocer a su practicante, que habría hecho las delicias de Trapiello, tantas veces quejoso de su vida rutinaria y goloso de vidas de novela. Lo era la de mi acupuntor. De origen argentino, en el pasado había sido actor. Después, periodista, con varios tramos: en la Gaceta Ilustrada como director (¿o había sido otro el cargo?), con Pedro J. Ramírez no sé si en El Mundo o en algún otro medio, quien le encomendó la sección de la Bolsa, de la que no tenía ni idea al principio aunque supo arreglárselas, y, finalmente, en la dirección de la edición gallega de ¿qué periódico, ahora olvidado? Abandonó asqueado el mundo del periodismo. “No existe el periodismo independiente. Periodistas sí, pero periódicos no. Hay un dueño, un director, un redactor jefe, filtros por los que deben pasar las noticias antes de que lleguen al lector”. Como ejemplo del caos que puede imperar en la redacción de un periódico me contó el caso de un redactor que, tras un infarto, pasó más de un día muerto sobre su mesa sin que nadie se apercibiese de ello. “Aun con todo, es un mundo fascinante”, comentó.
Aborrecía a Aznar, que entonces gobernaba, y admiraba a Felipe González, único político que, junto con Manuel Fraga, había tenido según él visión de estado. Del segundo había sido consejero bufón junto con otros tres que el ex-presidente gallego había contratado para que le espabilasen el oído, muy regalado por todos los que le rodeaban, sin dorarle la píldora ni calentarle los paños. Creo haberle preguntado como se compadecía su izquierdismo con la aceptación de ese cargo. Aquí vuelve a fallarme la memoria. ¿Lo había hecho por razones económicas, dados los pocos duros que en aquella época tenía en el bolsillo?
Hacía quince o veinte años que ejercía la acupuntura, aprendida en China, como lo mostraban las fotos de la sala de espera, en la que había encontrado puerto gustoso y seguro, y tal vez por ello definitivo. Desde el primer día, cuando le conté los motivos que me habían llevado allí,
la química fue inmediata. Era un hombre muy afectuoso. Alguna vez me recibió o despidió con un par de besos.
Su mujer estaba enferma de cáncer, con el que llevaban luchando varios años, pura pasión la primera y dura pasión el segundo.
Nuestro principal tema de conversación, mientras me ponía las agujas, era el cine, amado por los dos, y con el que acaso revivía su antiguo pasado de actor. Él y su mujer veían una película casi todas las noches. Recuerdo la pasión con que hablaba de La escalera de Jacob, de Adrian Lyne.
Pasados tres meses decidí abandonar el tratamiento. Creo que podríamos haber llegado a ser grandes amigos. Hubo después alguna llamada de teléfono, algún email. Han pasado ya nueve años y la única cuestión que me viene a la cabeza es si su mujer, y él, habrán ganado o perdido su batalla contra el cáncer.

viernes, 21 de octubre de 2011

Camerún 22: una muñeca rota

Te encuentras a veces con iconos de la miseria, cuyo golpe apenas puedes resistir. En Yaundé, la capital de Camerún, el día de nuestra llegada, cuando buscábamos desesperados un sitio para desayunar, nos cruzamos con una mujer que estaba sentada en el bordillo de una inexistente acera. Lo que la vestía, harapos muy blancos que a mí me parecieron de papel, le confería un aire de muñeca desastrada. Se aplicaba con diligencia a desparasitar su vello púbico. “Despreciada, desecho de los hombres, mujer de dolores, conocedora de todos los quebrantos”, recito yo ahora al recordarla, “ante quien se vuelve el rostro”. Sí, lo volví, impulsado por una mezcla de asco, impotencia y lástima. Más tarde, cuando volvíamos en dirección contraria por la misma calle, estaba en el otro lado de ésta hurgando en un contenedor. De pie, parecía una hada, pero rota, arrojada en un estercolero. Casi me parece una infamia sacar de ella provecho literario, y escribir aquí, esto.

jueves, 20 de octubre de 2011

Narrar


Narrar es una forma de salvar el mundo, incluso cuando el objetivo de la obra no sea otro que destruirlo o su argumento lo presente como un lugar maldito.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Conde de Xiquena, 7

Todo es más pequeño y estrecho de lo que me imaginaba: la calle Conde de Xiquena, el portal número 7, la plaza de las Salesas. Me acerqué a la puerta sin ninguna intención de timbrar, sólo para ver si figuraba su nombre, y no, no figuraba ni el suyo ni el de ningún otro. Miré hacia arriba; no me acordaba en ese momento si vivía en el tercero o en el cuarto piso. Aquél tenía las puertas cerradas y las persianas bajadas, al contrario que éste. ¿Qué habría hecho si hubiera aparecido Trapiello? Creo que me hubiese dado igual saludarlo que no hacerlo, pienso ahora con indiferencia, si bien pienso igualmente que esta indiferencia mía de ahora no sería tal si, en efecto, lo hubiese saludado. Al lado izquierdo del portal hay una tienda de ropa con el nombre de, vueltas del destino, “Poète”. Cansado, me acerqué a la plaza de las Salesas y allí me apoltroné en un banco, donde me centré en el juego de tres niños con su padre, olvidado ya el viarionovelista leonés.

martes, 18 de octubre de 2011

El cielo de Madrid


¿Hay un cielo de Madrid? Uno lo leyó muchas veces, descreído, pues no me parece que haya un cielo con una tonalidad azul exclusiva de un determinado sitio. Pero de haberlo, después de tantas estancias bajo su techo, creí apreciarlo por primera vez en mi última visita a la capital. Se lo comenté a Alfonso cuando estábamos en la plaza de España, y él, sin ninguna duda a este respecto, lo confirmó alzando los ojos al cielo. “Sí, por supuesto. Fíjate en su intensidad, en el maravilloso contraste con la blancura del Edifico España”. Era cierto, y cierta también la atmósfera purísima que nos inundaba.

La humildad


Un tratado sobre la humildad tendría sus páginas en blanco. Mejor, no tendría ni siquiera un tratado.

miércoles, 12 de octubre de 2011

domingo, 9 de octubre de 2011

Camerún 21: el calzoncillo

La catedral de Yaundé estaba completamente llena en la misa que había empezado a las doce del mediodía, el 14 de agosto pasado. Llegamos tarde, un poco antes de que se rezara el padrenuestro. En la capital, los allí presentes formaban parte sin duda de la clase media camerunesa. Nos sentamos en la banda derecha, hacia el final de la nave. A mi izquierda, un niño de unos diez años dormitaba, apoyados la cabeza y los brazos en el respaldo del banco delantero. En el mismo banco y al lado del pasillo, un padre, sentado, sostenía a su bebé también dormilón. La media de edad de la comunidad congregada en la catedral rondaría los 35 años. El espíritu joven, sí, es lo que importa, pero ¡qué bien hace ver la carne también joven saturando una iglesia! Dos bancos por delante había un chico con el pantalón vaquero medio bajado, dejando a la vista parte del calzoncillo. Llegada la hora de la comunión, junto con su novia, hermana o lo que fuese, se dirigió a la fila de los que se acercaban a recibirla. Volvieron y se arrodillaron.
Pienso en los de aquí, en los que, dos bancos por delante de mí, no están presentes con sus vaqueros caídos y sus calzoncillos a la vista, arrodillados.

jueves, 6 de octubre de 2011

Marta

¿Debía Marta haberse sentado a los pies de Jesús, como su hermana María? Lo otro, la preparación de la cena, podía esperar. Se pondrían después a ello las dos, Marta y María, acaso también Jesús, echándoles una mano. O podría Marta haberse conducido sin inquietud ni afán, sin envidia ni reproches y, una vez ultimados los preparativos, juntarse con María a los pies del Maestro.
Siempre he sentido una mezcla de simpatía y lástima por Marta. Acaso Jesús, después de lo que testimonian los evangelios, añadió esto otro: “Marta, mujer, relájate un poco y no reprendas a tu hermana. Ven, acompáñanos. Después ya nos pondremos a preparar la cena. Pero ahora venga, contadme. Yo también tengo muchas cosas que contaros”.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Félix innocentia


Tengo intolerancia cero contra el sufrimiento. Lo considero fruto del pecado. A medida que crezco no me veo con mejores mañas para sufrir sino casi al contrario, me noto más vulnerable. Sufrimientos pasados no me han valido para sobrellevar mejor sufrimientos posteriores. De cada vez, partí de cero. En cuanto hijo de Dios me considero hijo de la alegría y la felicidad, en línea rectísima con la de nuestros primeros padres en el paraíso. Me sé de éste, lo gritan mis entrañas cuando me atenaza el dolor: ansío volver a él, que todos volvamos a él para no sufrir ni llorar nunca más.
Hemos hecho, sí, grandes cosas con el sufrimiento, acopiar cantidades ingentes de sabiduría. No quedaba más remedio. De la necesidad, virtud. Pero maldito el pecado que creó esa necesidad de la que hemos sacado virtud. Duro, muy duro, durísimo el peaje. Querría no tener que pagarlo, que nadie tuviese que pagarlo, para llegar a ser sabio, sino que viniese rodado, de suyo, con el puro discernimiento que logra la inocencia. Qué pena que ésta se nos fuese por obra del delito primero que nosotros hemos reafirmado año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, hasta hoy, hasta mañana, hasta el último futuro. Qué penosas las penas, qué injustas las injusticias, qué horrendos los horrores. Qué hermoso habría sido el color de la encarnación de Jesús en un mundo inocente, sin pecado. Con él, he ahí el color de la hiel, del azote, de la espina, de la cruz. Félix culpa, sí, pero cuánto mejor hubiese sido félix innocentia.