viernes, 22 de julio de 2011

Lucidez y misericordia

En una charla veraniega, hace ya más de veinte años, le preguntaba yo a Monseñor Uriarte, hoy obispo de San Sebastián, hasta qué punto le es lícito a la iglesia administrar bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, bodas, a personas cuya idoneidad cristiana apenas cumple los mínimos. Me contestó que la iglesia no sólo tiene exigencias de lucidez sino también entrañas de misericordia. La respuesta es la adecuada, claro, pero nos lleva a otra cuestión: ¿cuánta lucidez hay que exigir al que pide el bautismo, la primera comunión y la confirmación para su hijo o hija, o a los que quieren contraer matrimonio? Sirviéndonos de porcentajes, ¿valdría un 1% de lucidez cristiana, recayendo el 99% restante en la misericordia de la iglesia? O, por seguir con otro ejemplo numérico, de un test de 100 preguntas, ¿vale con que se sepa una pues las otras 99 las asume supletoriamente la iglesia? ¿Qué equilibrio debe mantenerse entre la exigencia de la lucidez y la generosidad de la misericordia? ¿Qué mínimo de fe informada y formada debe exigirse, por debajo del cual toda concesión sería una claudicación? Recuerdo el comentario de una persona con respecto a este tema: “la iglesia no puede administrar los sacramentos como quien regala rosquillas”.

jueves, 21 de julio de 2011

Volverán


Corría el mes de mayo de 2006 e iba camino de Toro a pasar unos días con un amigo. Las lindes de la carretera estaban llenas de amapolas, al igual que los alrededores de la villa zamorana. Me llevaron a las de mi infancia, cuando poblaban la huerta de mi casa y demás lugares del entorno inmediato y  no inmediato, campo a través por el resto de Galicia. Pasaron los años y fueron desapareciendo hasta que lo hicieron del todo. De esta ausencia mi mente me llevó a otras, la de las mariposas, los ciervos volantes, los murciélagos, las golondrinas, las luciérnagas. “¿Qué se hicieron?”, me preguntaba por entonces con el verso manriqueño. Unas y otras razones las fueron expulsando de nuestro hábitat. Este año hicieron acto de aparición dos o tres amapolas; grande fue mi sorpresa. ¿Tendré ahora que ponerme becqueriano y cantar: “Volverán las rojas amapolas…? Ojalá, y también las mariposas, los ciervos volantes, los murciélagos, las golondrinas, las luciérnagas…

martes, 19 de julio de 2011

Terror incivil


Una guerra “limpia” sería aquélla en la que, una vez que se abate al enemigo, el vencedor no se ensaña con él, evitando posteriores violencias, torturas, pillajes, venganzas. Como a enemigo se le derrota pero como a hombre se le respeta, y como tal es tratado en tanto que permanece prisionero.
La guerra civil española fue puro terror incivil, abyecto, atroz, implacable, como yo nunca hubiese imaginado y del que ahora sé algo gracias al libro El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston, quien, provincia por provincia y casi pueblo por pueblo, da cuenta de cómo se mato, a quién se mato, por qué se mató, tanto en un bando como en el otro, si bien este “tanto… como” no señala ninguna simetría que reparta culpas por igual: en el bando de los rebeldes, con los abominables Queipo de Llano, Mola y Franco a la cabeza, se planteó como principio y norma una guerra de terror y exterminio de cuanto oliera a “rojo-masón-judío-bolchevique”, mientras que en el bando republicano el odio aniquilador se practicó desde abajo, obra sobre todo de anarquistas y milicianos, a los que el Gobierno de la republica muy a duras penas pudo contener, entre otras causas porque todo el aparato policial y de seguridad del Estado se vino abajo a raíz del golpe.
El horror se dio el placer de campar a sus anchas, sobre todo el diseñado y puesto en práctica por aquel monstruo tricéfalo y sus secuaces, y al que respondieron las cuadrillas anarquistas y milicianas. Desconocía que “nuestra” guerra hubiese alcanzado tales grados de espanto y crueldad. Tenía necesidad de saber cómo se había desarrollado. Ahora ya lo sé.

lunes, 18 de julio de 2011

El polvo de la huida


Sucio su rostro por el polvo de la huida, los ojos sobresalientes de Louise se fijan en los que, apostados tras una ventana, la miran, pareciendo que preguntan: “¿qué buscas, quién eres, Louise?” Es un momento quieto, cumbre, roto bruscamente por Thelma, que, tras el atraco que acaba de cometer, corre hacia ella al tiempo que a gritos la urge a encender el Ford Thunderbird. Continúan su huida hacia el sur, rojas, sucias, bellísimas.

Sozinho


Palabra para guardar, sozinho, de un tierno portugués.

domingo, 17 de julio de 2011

Henos aquí


Del dicho (el blog) al hecho (el bloguero) no hay mucho trecho. Así me lo pareció tras conocer a Ángel, Aurora y Cristina, amigo y amigas hoy muy queridos. Y no fue mucho porque, habiendo ganas por ambas partes, surgió un “heme aquí” que sin dilación se convirtió en un “henos aquí”, en el que seguimos, ahora ya del hecho al dicho, del amigo a sus palabras, siempre pontífices.

viernes, 15 de julio de 2011

La Coquito

Nuestra estancia en Sangenjo se debió principalmente a que mi hermano quería que mi madre se beneficiase de las aguas del balneario de La Toja, en cuyo casino trabajaba por entonces como crupier. En una ocasión le presentó a Iliana Ross, más conocida por Coquito, actriz cubana que tuvo sus quince minutos de gloria gracias a una película setentera de Pedró Masó titulada precisamente La Coquito (1977). Años después, una noche en la que La Primera proyectó la película, mi madre, al verla, la reconoció y exclamó toda contenta: “¡Anda, si es ella, Coquito, la que me presentó Rodrigo en La Toja!” El contento le duró lo que duró la película en mantenerla vestida. La electrocución sináptica que tuvo lugar en el cerebro de mi madre al juntársele la Coquito de La Toja con la Coquito que en ese momento veían sus ojos bien pudo originar una supernova.

jueves, 14 de julio de 2011

Anda y te contaré un cuento

La última pregunta, tras la puesta al día del estado de mi salud, la espero siempre con temor. “¿Y cómo andamos de ejercicio físico?” “Pues andar, lo que se dice andar, no andamos, doctor”. Y una vez más sale de su boca la amonestación recordatoria de los efectos saludables que tendría sobre mí al impedir el anquilosamiento de los músculos, dando más fuerza a la función sanadora de los fármacos y ayudando así a reducir el cortisol a sus parámetros normales, etc., etc., etc. Yo salgo después de la consulta seguro una vez más de que no voy a seguir su recomendación, dado el aburrimiento que me produce andar, y más si se trata de hacerlo una hora cada día. ¡Qué horror! En la última consulta sin embargo, encontrándome yo muy eufórico, llegado el momento del “¿y cómo andamos…?”, le pregunté: “¿cuál sería el mínimo suficiente?” “Una hora cuatro días a la semana”. “Bien”, me dije con alivio. Seis horas en seis días se me habían presentado siempre como una cuesta imposible de subir, pero cuatro, cuatro sí que podría, martes, jueves, sábado y domingo, reduciendo el tramo de la siesta.
Esto ocurrió a principios de mayo y de momento estoy ganando la batalla, gracias a una bendita idea que me permitió sacarle partido a la hora andadora y vencer así el aburrimiento: descargar cuentos, pasarlos a mi mp3 y, con el pinganillo en la oreja, pies para que os quiero. Con la compañía de Chéjov primero, y con la de Maupassant últimamente, se mueven mis piernas muy felizmente gracias a la deliciosa voz de Alba (www.albalearning.com), que me lee con primor los cuentos. Horas andantes chejovianas, horas andantes maupassantianas, horas andantes contadoras, las que me esperan. “¿Y cómo?”, me preguntará don Francisco. Y le contaré un cuento.

martes, 12 de julio de 2011

Hey, hey, my, my

Aquellos quince días de mi infancia que pasamos mi madre, mi hermana Lucía y yo, en Sangenjo, en el piso que tenía alquilado mi hermano Rodrigo, quedaron indisolublemente ligados al Hey, hey, my, my de Neil Young, uno de cuyos discos, entre los muchos que tenía mi hermano, era el que más pinchábamos. Durante años, si por un motivo u otro se activaba este recuerdo, de inmediato Sangenjo, el verano, la playa, el calor, la piel bruna, el olor de los aceites protectores, se volcaban sobre el presente envueltos por el Hey, hey, my, my con profunda emoción. La remembranza era una, introceable: no venían por un lado los untuosos días de sol y playa y por otro el estribillo de Neil Young, sino todo a un tiempo.
El paso de los años ha desgastado el vigor proustiano de este recuerdo, vaciándolo de encantamiento y mitología. Su misión, la que fuese, ya se ha cumplido, aunque, quién sabe, acaso algún día me arrebate de nuevo.

Katherine Hepburn


Más tendría que saber del arte interpretativo, del cine, del teatro, de los actores y actrices, del ser humano, de la mujer, para poder decir: “el quid de Katherine Hepburn es éste”. Pero no, no daré con él y no tendré palabras para explicar quién y qué es la princesa de Connecticut y así dar cuenta de mi fascinación por esta mujer, vencedora siempre en los rankings de las mejores actrices de la historia del cine. Julián Marías, en una de aquellas páginas del suplemento del ABC en las que escribía sobre cine, habló del “misterio de la Garbo”. Katherine Hepburn, al contrario que la actriz sueca, no es una esfinge misteriosa sino un rostro transparente, tan transparente que lo atravesamos sin darnos cuenta y sin que nada de ella quede en nuestras manos. ¿Será éste su quid, su misteriosa -ahora sí- transparencia, esquiva a toda palabra? ¿Y si estuviera en el origen de ella su libertad, que sería “la marca Hepburn”? Ángel Fernández-Santos, el grandísimo crítico de cine de El País, fallecido en el 2004, escribió sobre ella: “Hepburn logró el prodigio de trazar en la pantalla, con nitidez inigualable, un rasgo definidor del oficio profundo del comediante. No un rasgo adjetivo, sino (insisto) sustantivo, nada menos que el trazado gestual de la conquista de la libertad. Sólo Charles Chaplin alcanzó esta proeza de su oficio con mayor concisión que ella, pero no con mayor precisión” (La mirada encendida). Palabras mayores de un crítico sin igual acerca de la reina de la interpretación.
Sus interpretaciones son enormemente generosas, en las que no se vislumbra ningún rastro de técnica porque ésta ha sido interiorizada por completo. Decir de su arte que fue contundente o rotundo sería equivocarse de cabo a rabo, porque no es lo macizo lo que la caracteriza sino una frescura y viveza de grado superior. La ves, y te preguntas sin hallar respuesta: “¿cómo, de qué manera es lo que es, sobre qué tipo de resorte vital tiene tan completo dominio?” Acaso Fernández Santos acertó de lleno: la libertad.

lunes, 11 de julio de 2011

Ellas 2

Barbra Streisand: diamantes hialinos son sus cuerdas.
Edith Piaf: glorifica las erres.
Luz Casal: eso que masca, ¿es flor de harina?
Luna, gata, terciopelo: ¡Ana Belén!
Mercedes Sosa: erige catedrales con su voz de caverna.

viernes, 8 de julio de 2011

martes, 5 de julio de 2011

Thelma y Louise


Una road movie es una soul movie. Al paso de un horizonte que cambia, el alma se muda, crece. Esto es lo que siempre pretendieron este tipo de películas, entre ellas Thelma y Louise. Desde la última vez que la vi, hace ya un montón de años y era la cuarta, creo que no perdió nada de su fuerza, sobre todo la parte final de su metraje. Geena Davis siempre podrá decir: “yo fui Thelma”, y Susan Sarandon: “yo fui Louise”, que es tanto como decir: “saltamos al vacío y encontramos la libertad”. ¿O es que significa otra cosa ese final en el que, lanzadas al vacío del Gran Cañón, se congela la imagen y su Ford Thunderbird (pájaro del trueno) queda suspendido en el aire?

viernes, 1 de julio de 2011

El enfado de Consuelo


-Ímosche traer unha tele. Así distraeraste e poderás ver á misa os domingos-, le decimos mi madre y yo a Consuelo, su prima, encamada en una residencia de ancianos desde hace algún tiempo.
-Deixa, Pilariña, a min Deus non me quere. ¡É tanto o que levo padecido!
-Pero qué dis, Consueliño, Deus está cos que sufren, cos enfermos, cos pobres-, la amonesta cariñosamente mi madre.
El rostro de Consuelo refleja el desánimo oscuro en el que anda sumergido su espíritu.
-Estás anoxada con Deus-, le digo.
-Estou, sí. ¿Con quén se non?
El santo Job nos ampara en tales momentos: él abrió la veda para la queja ante Dios, cuya amorosísima abbaidad es la que permite, y hasta espolea, nuestros sufrientes y amargos reproches, porque tras ellos, en el fondo, se oculta un “yo te bendigo, Padre”.