jueves, 30 de junio de 2011

El arte de fotografiar


La fotografía, a diferencia del resto de las artes, es técnicamente fácil. Con tomar una cámara, ponerla delante del ojo y disparar está todo hecho. Esto hace muy probable, por no decir certísimo, que en los millones de álbumes, analógicos o digitales, que en el mundo hay podamos encontrar una gran fotografía, que no desmerecería al lado de las de los grandes fotógrafos, una foto que un inexperto buscó y le salió en unos casos, otra que simplemente se disparó al azar en otros, o la de alguien que, sin buscar nada, pretendiendo algo simple, fotografiar a un anciano por ejemplo, obtuvo algo que de simple no tenía nada. Sería muy interesante organizar una exposición con estas fotos maestras “por casualidad”, escogidas de entre la millonaria cantidad de ellas que anda repartida por los millones de álbumes anónimos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Del infierno y del cielo


“En el cristal de un sueño he vislumbrado
el Cielo y el Infierno prometidos:
los colores y líneas del pasado
definirán en la tiniebla un rostro
durmiente, inmóvil, fiel, inalterable
(tal vez el de la amada, quizá el tuyo)
y la contemplación de ese inmediato
rostro incesante, intacto, incorruptible,
será para los réprobos, Infierno;
para los elegidos, Paraíso.
(Jorge Luis Borges, del poema Del infierno y del cielo).

“Tal vez el de la amada, quizá el tuyo”. Pero si el rostro que aparece es “el de la amada”, ¿no ha de ser el cielo el que comparezca, patria sólo de los que amaron, aquéllos que puedan decir: “yo, en la tierra, amé, me vi en un rostro que no era el mío”, mientras que si aparece el propio, señal será del infierno, patria de los que no amaron, los que sólo podrán decir “yo en la tierra no amé, no me vi en ningún otro rostro que no fuera el mío”? Borges no liga con exactitud uno u otro rostro al cielo o al infierno, lo cual, hermosa vacilación, le concede al poema una mayor amplitud.

sábado, 25 de junio de 2011

César


El universo mítico de la infancia lo conforman personas y lugares. En el mío, entre las primeras se encontraba César, seis años mayor que yo, y al que el niño que yo fui veía ya como el hombretón que después fue, dada su corpulencia y su altura. Él, su hermano Carlos y mis hermanos Ramón y Pepe formaban una bonita pandilla, que continuó muchos años después, ahora de caza, cuando se unieron a la de sus padres. Carlos acabó descolgándose, pero César y mis hermanos, con pasión, no dejaron ya nunca de ser cazadores. En el monte y fuera del monte una excelente amistad se había trabado entre ellos. Mi cariño por él, mítico y fundacional, como todo lo que corresponde a la infancia, se mantuvo incólume, y cada vez que nos cruzábamos el saludo que yo le dirigía llevaba todo ese cariño, así como también lo traía el suyo para mí, el que merecía por haber sido y continuar siendo “el hermano pequeño” de Pepe y Ramón. Yo al menos así lo sentía, cosa que, lejos de desagradarme, me complacía mucho, como el encontrármelo con Pepe en las a veces gélidas mañanas de los jueves, durante la temporada de caza, cuando yo marchaba a trabajar y ellos esperaban que llegase Ramón desde Vigo.
Antes de ayer, a las nueve de la mañana, un infarto pudo con él y lo fulminó mientras tomaba un café. “Deja un vacío enorme, le dijo su madre a la mía; lo llenaba todo”. Es lo que hacen los grandes, llenarlo todo.
Descansa en paz, César.

jueves, 23 de junio de 2011

El paraguas


Cuando se empieza a usar el paraguas es que la juventud ya ha pasado.

Que hace buenos


Al rapsoda que hace buenos los malos versos,
al actor que hace buenos los guiones malos,
al chistoso que hace buenos los malos chistes,
al cantor que hace buenos los cantos malos.

miércoles, 22 de junio de 2011

La vida rima


Pensé en llevar uno de sus LPs para que me lo firmase; también en una rosa roja, que arrojaría a sus pies al final de la actuación. No hice ni lo uno ni lo otro sino, mientras esperaba en la butaca número 8 de la primera fila, arrancar una hoja de la pequeña libreta que llevo siempre conmigo y garabatear:
“Gracias por Peces de ciudad, la canción más hermosa del mundo.
Suso.
Santiago, 17-06-2011”.

Las luces se apagan. Cuando se encienden, Rosa Torres Pardo está al piano tocando una pieza. Falta Ana Belén. La luz del foco cae sobre el fondo del escenario y allí está, con un jersey negro de cuello de pico, largo, unos pantalones negros ceñidos que descubren unas piernas muy delgadas y unas francesitas negras con un poco de plataforma.
El espectáculo se llama La vida rima, con guión de Luis García Montero y dirección escénica de José Carlos Plaza. Negros son también los cortinones y el collar de piedras de azabache de Rosa Torres Prado, su jersey de malla y su pantalón flojo y raso. Caigo en la cuenta de que la ausencia de colores concentra la atención en lo único que importa: los rostros, las voces, las manos, los movimientos. El no-color negro, a estos efectos, es el único fondo y relleno posibles.
Al teclado, Rosa Torres Prado, y al gesto y la voz, Ana Belén, si bien la primera hace pequeñas incursiones en el terreno de la segunda. Los interludios narrativos, en los que la protagonista de El amor turco pregunta, piensa en alto, contesta, ríe, se mueve y baila, nos llevan de una canción a una pieza pianística, la cual da paso a la interpretación de un poema, que vuelve a enlazar con el piano. Unos versos de El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, tras el comienzo al teclado de la pianista, abren un desfile integrado por Mompou, Alberti, Mozart, Cernuda, Albéniz, García Abril, Beethoven, García Lorca, Bartok y otros. Éste último entra en escena gracias a un divertido juego de palabras:
-… a toda vela!
-¿Bela?
-¡Bartok estoy de todo!
En varias ocasiones la chica de la calle del Oso se sienta. Endereza del todo la espalda, junta las piernas y pone sobre ellas las manos, para escuchar a Rosa. Ésta, como todos los pianistas, mantiene también su espalda muy recta. Sólo así puede atacar con fuerza el piano. Arranca la concertista madrileña y lo que fue pródigo en la actuación de Ana Belén lo es también en la de Rosa, completamente entregada: lo dice su rostro, su cabeza, los brazos, las piernas, y sus manos.
En falsilla aparece la situación contemporánea, aunque podría ser la de cualquier otra época. Fragores de guerra en algún momento, “ya no valen las promesas, que nadie prometa nada”, y otros apuntes. No se adoctrina salvo que esto consista en decir, con altura y profundidad artísticas, en tono leve y a la vez firme, envuelto, o atravesado todo por un fino humor, que la infancia vale, la verdad, la poesía, la música, que valen el amor y la vida. “La vida tiene sentido”, se afirma en algún momento; “hay una segunda oportunidad”, se repite en varias ocasiones.
Dos intérpretes excepcionales, Rosa Torres Prado y Ana Belén, dan carne y vuelo a una obra magnífica. Un regalo.
Agito mi papel para que se acerque y lo recoja; está a un metro de mí, recibiendo los aplausos del público. Creo que me ve por el rabillo del ojo y acaso piensa que se trata de un jillado, o puede que no me vea. ¿Qué hago? Subo por las escaleras al escenario, me dirijo a un tramoyista y le pido que me haga el favor de entregarle mi nota. “Millor é que fale co que está na mesa de luz e sonido”. Allí me dirijo. “Hola. ¿Podría entregarle esta nota a Ana Belén?” Su seriedad se trueca en sonrisa cuando la lee. “Sí, ella está ahí”.

lunes, 20 de junio de 2011

De usted


De joven, como delegado de la facultad, fue el adalid de todas las protestas; al alcanzar el grado de doctor y comenzar la docencia y la investigación en la misma facultad, cuando llegó a sus oídos que alguien había dicho “AO es una promesa”, parece ser que afirmó: “no soy una promesa; soy una realidad”; en un curso del bienio de licenciatura le hice una pregunta tratándole de tú, como era lo habitual entre nosotros; al salir, me dijo con su voz cálida y un poco curial: “Suso, en clase trátame de usted”; según me contó X, cuando le nombraron obispo la mitra se le subió a la cabeza.
Su modo de escribir era ininteligible. En una ocasión Y, con bienquerencia y guiño cómplice, aludió a ello ante un grupo de discentes.
No faltó quien dijera que su secreta vergüenza era el sobrino de soltera que tenía, un asunto sobre el que habría puesto cruz y raya.
Estando una vez en su casa con Z, me pidió que leyese un trozo del libro cuya recensión tenía pendiente, A revelación de Deus na realización do home, de Andrés Torres Queiruga. “Ya es raro que siendo gallego no pronuncies bien vuestra ‘x’ ”, me dijo.
AO, ¿cómo te irá la vida? Una vez te vi presidiendo la misa que la 2 retransmite los domingos. ¡Y en una contraportada de El País, dentro de una serie que entonces llevaban! Aquí sí que me llevé toda una sorpresa.
Me caías muy bien y te tenía cariño. Eras bueno.

A lo Chéjov


Últimamente me acuerdo de muchos sueños tras despertar, algo inhabitual en mí, y sus imágenes son claras y sencillas, también en contra de la materia rocambolesca de mis sueños de siempre, un eco de algún asunto del día que no ofrece nudos inextricables. ¿Se habrán caído de mi inconsciente las subtramas, las subsubtramas y las subsubsubtramas, para quedar sólo la trama, un cuento sencillo a lo Chéjov? Así lo quisiera si eso significase que también mi vida se ha quedado sin trastiendas, subtrastiendas, etc.

domingo, 19 de junio de 2011

Discernir, sufrir


Se aprende por discernimiento o por sufrimiento, nos decían.
Hay asuntos que se disciernen sin necesidad de sufrirlos. Otros, sólo después de sufridos se disciernen. Cuáles sean unos u otros dependerá de la persona y sus circunstancias.

sábado, 18 de junio de 2011

Mi casa


A uno, por más casas que vea, no le gusta otra que la que dibujaba de pequeño: tejado a dos aguas, dos ventanas y una puerta. En arquitectura, florituras las mínimas, hasta rozar lo simple. La piedra que sea de granito gallego, y mamposteada en el estilo de mi región. Tejas, el tipo español, de barro y color terracota, la clásica, vaya. Las puertas y ventanas de madera no sé si las prefiero verdes o en alguna gama de los marrones, el del cedro o el de la miel por ejemplo, y no al ras sino un poco adentradas. ¿Con marco, sin marco? Tal vez lo primero, pero muy sencillo. La puerta principal tendrá cuatro paneles rectangulares, los de abajo más cortos que los de arriba; el lado superior de estos últimos, curvilíneo.
El interior será cálido, usando por eso de la paleta de colores sólo el blanco, el vainilla, el hueso, el miel, el ocre y similares, con pocas cosas y mucho espacio, abundante en líneas rectas y echando mano de alguna curva, con suelo de madera. No habrá alfombras; tampoco lámparas, sólo plafones redondos, salvo que encuentre alguna que parezca un plafón que se descuelga del techo. Ningún elemento avasallará a ninguno de los sentidos, por lo que no será deslumbrante sino simplemente bonito y acogedor. Las cosas estarán colocadas de tal modo que parezca que se hubieran acordado entre ellas para ofrecer una imagen natural y conveniente. Bibelots, los mínimos. Habrá flores y ramas verdes. El único lujo que me permitiré será una gran pantalla para mi arcadia cinéfila de todas las noches. El asiento del sofá será duro y no demasiado mullido el respaldo, con chaise longue.
Estaré solo cuando quiera estar solo, y aceptaré no estarlo -qué remedio- cuando otra cosa no se pueda. Tendré que aprender a aburrirme cuando no me apetezca hacer nada. Los seres amados tendrán en la mía su casa, con orden y concierto.

jueves, 16 de junio de 2011

El manantial de la doncella

El cristianismo de El manantial de la doncella (1959), de Bergman, es solvente e irreprochable. La secuencia felicidad - desgracia - pecado - petición de perdón - redención sigue una línea limpia. Un matrimonio de la época medieval con una hija plena de pureza y alegría; la violación y asesinato de la joven doncella; la venganza del padre que mata a los violadores y asesinos, tres hermanos, uno de los cuales es un niño que sólo ha visto la escena; el padre, una vez encontrado el cuerpo de su hija, desesperado, acusa primero a Dios por haberlo permitido y le ruega después que le perdone porque no podrá vivir con las manos manchadas de sangre, manos que él ofrece para construir una iglesia en el lugar donde yace su hija muerta; los padres, al levantar el cadáver, ven asombrados, y con ellos el cortejo de sirvientes que los acompañan, como brota un manantial; la madre, con el cuenco de la mano coge un poco de su agua y limpia la cara de su hija; su rostro, y el de su marido, trasluce paz y consuelo.
No hay nada perturbador, ni tortuoso, ni patológico, como corresponde a una doncella, a un manantial, al cristianismo de esta extraordinaria película de Ingmar Bergman.

Amor y pan

“Sólo a causa de tu amor, y sólo por tu amor, los pobres te perdonarán por el pan que les das”, le dice San Vicente de Paúl a una de las primeras hermanas de la futura orden de las “Hijas de la caridad”, en la maravillosa película Monsieur Vincent (1947), de Maurice Cloche.
La frase me ha rondado la cabeza desde que la he visto. El pobre no se puede permitir el lujo de hacer distingos y aceptará también el pan que sin amor se le dé, pero podrá despreciar y no perdonar a quien así se lo da, desde una distancia que, en su condición de pobre, lo anula. El hombre pobre, antes que pobre es hombre y si como pobre necesita pan, como hombre necesita verse tratado como un igual. Lo primero sin lo segundo es mera condescendencia, un cara arriba - cara abajo que no desciende y asciende a un cara a cara. Para que ocurra esto además de dar hay que darse, ofrecerse como un tú ante y para el yo del pobre.

martes, 14 de junio de 2011

La señora Wilberforce

En toda empresa el siempre posible “factor humano”, del que hablaba Graham Greene en su novela homónima, le pone a uno a prueba. Ahora bien hay factores y factores, los que más o menos se pueden prever y uno es capaz de sortear y… los otros. Es lo que ocurre en la película de Alexander Mackendrick El quinteto de la muerte (1955): “He ideado muchos planes, todos buenos. Pero éste ha sido el mejor, salvo por el factor humano. Todo buen plan incluye el factor humano, pero tenías razón: ningún buen plan puede incluir a la Señora Wilberforce”, dice el jefe de la banda interpretado por Alec Guiness. La señora Wilberforce es una anciana menuda, de sonrisa angelical, puntual siempre para tomar el té con sus clónicas amigas, amabilísima, pero que, paraguas en ristre, se revela después resuelta y empeñosa y acaba desbaratando los planes del quinteto mortal. Ladykillers es el título original de la película.
La vida es así: unas veces nos desvía y otras, si se interpone una Wilberforce, nos derriba en toda regla hagamos lo que hagamos.

Aire

Una dictadura es tanto más perfecta cuanto más atado y bien atado lo tiene todo, cuanto mayor es el volumen de aire que retiene entre sus manos de modo que sus administrados respiren sólo la cantidad que ella decida. En una democracia ocurre justo al contrario: sólo si ata lo que es estrictamente necesario para el bien común de sus miembros y deja todo lo demás suelto, si retiene sólo la cantidad mínima de aire que debe retener y deja que el resto circule a su aire, valga la redundancia, el que necesitan todos para que nadie quede desairado, estará en camino hacia su perfección.

domingo, 12 de junio de 2011

Un hombre solitario

Un hombre solitario, hóspito, sin agraces, que llora en casa y ríe en el mundo.

El blanco y negro de Bergman

El blanco y negro de las películas de Bergman que llevo visto hasta ahora es exacto, claro, de líneas puras, bellísimo, lo que consigue que el mundo torturado de sus personajes (cosa que empieza a sobresalir a partir de El séptimo sello) se vea libre de toda turbiedad y truculencia. El título de la última que vi, El rostro, podría ser el subtítulo de muchas de sus películas, pues son los rostros los que la cámara de Bergman capta y encuadra con maestría. No de otra manera podría sacar a la luz sus almas, una luz estricta que no quiere que su tormento se derrame.

sábado, 11 de junio de 2011

Una llave

Cada rostro una llave, una puerta, una habitación, una casa…
Millones de rostros, de llaves, de puertas, de habitaciones, de casas…

viernes, 10 de junio de 2011

El Padre mismo os quiere

“Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios” (Juan 16, 26-27). Qué hermoso es esto. “Aquel día”, cuando al fin haya quedado claro que los suyos aman a Jesús y creen que es el Hijo, el salido de Dios, él como que se hará a un lado, haciéndose innecesario: “venga, venga, lo que queráis pedídselo directamente a él, que ya está él cierto de que me amáis porque soy su hijo. ¡Si hasta parece que ahora os quiere más que a mí! Así que, hale, sin miedo, que el papeleo ya lo he resuelto yo de una vez por todas. Y tranquilos, que seguiré por aquí, por si todavía necesitáis un empujoncito”.

jueves, 9 de junio de 2011

Os hablaré del Padre claramente

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente (Juan 16, 25).
- Está bien, Señor, pero…
- ¿Qué, Pedro?
- ¿No podrías hacer una excepción con la parábola del Hijo pródigo? Es que ahí nos hablaste del Padre tan claramente…
Jesús se sonrió, enternecido.

lunes, 6 de junio de 2011

Ellas 1

Alida Valli, o la serpiente.
Ana Magnani, o la visceralidad.
Audrey Hepburn, o el ángel.
Ava Gardner, o la belleza.
Carmen Maura, o la picardía.
Claudia Cardinale, o la niñez.
Deborah Kerr, o la distinción.
Elizabeth Taylor, o el magnetismo.
Giuletta Masina, o el candor.
Greta Garbo, o el misterio.
Ingrid Bergman, o el temblor.
Jessica Lange, o la sensualidad.
Katherine Hepburn, o la libertad.
Marilyn Monroe, o la inocencia.
Sigourney Weaver, o la fuerza.
Silvana Mangano, o la elegancia.
Susan Sarandon, o la mirada.
Victoria Abril, o la intensidad.

domingo, 5 de junio de 2011

Un globo y un martillo


En una mano un globo, en la otra un martillo. Ser un niño y ser un hombre, ser un padre y ser un hijo.

Hay hombres duros que nunca llevaron un globo. Hay hombres débiles que nunca manejaron un martillo.

Igual que la raíz

Sé igual que la raíz:
profundo, oculto y frágil.

(Andrés Trapiello, Las tradiciones)
Pero hay raíces que no son frágiles sino firmes, y firmes son entonces las realidades que de ellas brotan. Yo querría ser igual que esa raíz, como el que escucha las palabras del Señor y las cumple, roca sobre la que es posible levantar una casa que resista las embestidas de los vientos y los torrentes (Mateo 7, 24-27). Por eso, yo, le pido al poeta estas palabras:
Sé igual que la raíz:
profundo, oculto y fuerte.

sábado, 4 de junio de 2011

Grande, pequeño

Me gustaría decir cosas grandes de las cosas pequeñas y cosas pequeñas de las cosas grandes, sin que ello significase que considero pequeño lo grande y grande lo pequeño.

jueves, 2 de junio de 2011

Dándose


Si la fe nunca es una fe “dada” sino una fe “dándose”, se podría decir que, contra una fe “mía” a la que acabaría conduciendo la primera interpretación, se alzaría una fe “no mía” a la que conduciría la segunda y que se ajustaría más a la verdad.