lunes, 28 de febrero de 2011

Tiene su gracia

En cada edad la sonrisa tiene su luz. La de un anciano, asentándose sobre la decadencia del final de los días, le hace a ésta un guiño cómplice, haciendo suyas las palabras de Gil de Biedma: “Envejecer tiene su gracia”. Esta gracia que salta en los rostros de nuestros mayores es uno de los más tiernos regalos que nos hace la vida.

domingo, 27 de febrero de 2011

Cuídate

“Cuídate" es una fórmula de despedida muy usual. Al utilizarla, instamos a quien despedimos a que se haga cargo de sí. No decimos, por ejemplo, “que te cuiden” o “déjate cuidar” sino, expresamente, “cuídate”. Si fuésemos hombres del siglo XVI diríamos: “os encomiendo a vos mismo”.
La vida nos pone en nuestras manos: soy mi padre, mi hermano, mi hijo, mi médico, mi aliado. De aquí el mandamiento evangélico: "ama al prójimo como a ti mismo". Lo segundo se da por supuesto, tan por supuesto que no encontramos en los textos evangélicos un mandamiento que diga: "Ámate a ti mismo". Sobre esto descansa todo, así como sobre lo contrario todo se cuartea. Quien se descuida, quien es para sí su peor enemigo, quiebra el fundamento de su vida. Cuidarse es tener la medida exacta de lo que uno es: no seas para ti dios ni seas para ti demonio. Se para ti un hombre.

sábado, 26 de febrero de 2011

Edad

El espíritu lanza guiños desde la arruga, chispea en la estría, bulle en el rostro surcado.

El matiz

No impidamos que la realidad se acerque y nos entregue sus “cosas menudas”. Si hay un ojo para el panorama, que haya otro para el detalle. Si hay un oído para el estribillo, que otro se demore en las estrofas. Que haya siempre un Azorín que nos diga que “en la vida el matiz lo es todo”.

jueves, 24 de febrero de 2011

El hombre primavera

Durante el invierno está al quite de los primeros signos que anuncian la primavera y no tarda en notificárnoslos a primera hora de la mañana, cuando llega al trabajo, siempre o casi siempre con una trova clásica y romántica en su boca. Lo suyo, durante la estación invernal, es un “¡chis, chis, que viene, que viene!”, y al fin, claro, viene, como él no se había cansado de anunciarlo. Después, instalados ya en ella, ejerce la portavocía de sus esplendores: pájaros, flores, árboles...

lunes, 21 de febrero de 2011

Simón Pedro

Simón, el hijo de Jonás, mostró su cualidad “pétrea”, sobre la cual es posible apoyarse, cuando contestó “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” a la pregunta de Jesús “¿Y vosotros, quien decís que soy yo?” (Mt 13, 15-16), y que llevó al Señor a constituirlo en “piedra” de su iglesia. Pero para mejorar tal condición Simón tenía que “des-petrificarse”, pasar la prueba de verse convertido en arenilla, de quedar pulverizado ante los ojos de Jesús. Tal cosa aconteció cuando, tras las preguntas que tres sucesivos interlocutores le dirigieron identificándole como seguidor del Maestro, el contestó negándolo las tres veces. Entonces cantó el gallo. La mirada de Jesús y la suya se cruzaron: al verse reconocido en su traición y al mismo tiempo inmensamente amado, Simón, el Pedro, quedó hecho Simón, el Polvo. Fueron sus lágrimas las que comenzaron a apelmazar la arenilla en que había quedado convertido, obra que remataría finalmente Jesús resucitado asegurándose, tras preguntárselo tres veces, de que él lo amaba más que los otros. Simón, el Polvo, volvía a ser, ahora sí, Simón, el Pedro.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Como un ladrón

Que el evangelio nos recuerde que el día del Señor vendrá como un ladrón (Mt 24, 43), sin avisar, no ha de llevarnos a pensar que Dios sea un traidor que ataque por la espalda, o un lacero que ponga trampas. Y si también fuera aplicable la imagen del ladrón nocturno al día de nuestra muerte, sobre todo si esta ocurre de forma repentina, en la que el sujeto no está en situación de prepararse de ningún modo posible, cabe decir otro tanto de lo mismo. La muerte nunca es trampa o ataque de Dios por la espalda*. Él es justo lo contrario, el que nos rescata de las trampas, como nos lo recuerda el salmo 123: “hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió, y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. La imagen del ladrón en la noche es la que conviene a Dios en tanto que sus caminos no son nuestros caminos y sus planes no son nuestros planes, en tanto que él es el Señor, el que fija el día y la hora (Mt 24, 36), dueño y administrador de los tiempos.


*“Resulta inaceptable la imagen de la muerte-emboscada, es decir, la muerte enviada como accidente. Esta es una idea indigna de Dios e indigna del hombre. Puede dar la sensación de que haya algunas muertes, o muchas muertes que son así, y, sin embargo, tendríamos que pensar que, a pesar de las apariencias, no hay muerte-accidente”: Juan L. Ruiz de la Peña, Muerte, esperanza, salvación.

lunes, 14 de febrero de 2011

El único

Acaso el primer pecado de Lucifer fue la envidia. Vio que Dios era “el único” en su especie, que no había más dioses que Dios. En cambio él no era el único en su especie: había más ángeles. La envidia lo llevó a la soberbia: si no soy el único ángel, al igual que Dios es el único Dios, seré el mayor de los ángeles, el que se enfrente a su creador. Entonces, erguido contra Dios, cayó.
¿No habrá detrás de nuestras soberbias algo de esto? Si fuese así, allá en el fondo, nos agitaría el deseo de ser “el único” en nuestro género, a la manera en que solo puede serlo Dios. Por ser ello imposible, le encontraríamos remedio intentando aparecer ante nosotros mismos como “impares”, “distintos”, “valiosísimos”, “especiales”, ejemplar único de esa nueva “especie” que empezaría y terminaría en nosotros. Forzaríamos tanto nuestro “ser único” que alcanzaríamos a ser “el único”.
Pero una cosa es llegar y otra mantenerse. Quien a tal posición llegue y en ella quiera permanecer, tendrá que pasar por encima de todo aquello que niegue su “especialísima” cumbre, cosa que consigue, efectivamente, negando esa realidad que se opone a su pretensión, apartándose de ella, convirtiéndose, en fin, en “cumbre” solitaria: sólo podrá ser “único” al precio de estar “solo”, estar solo para ser “el solo”. La soberbia siempre es solitaria y la soberbia absoluta termina en soledad absoluta. Tal cosa es el infierno, lugar donde viven “los únicos”.

sábado, 12 de febrero de 2011

Hacerlo bien

Para sentirme a gusto conduciendo necesito respetar los límites de velocidad, no acelerar ni frenar bruscamente, pasar de una marcha a otra con suavidad, permitir en los pasos de cebra que los peatones lo crucen, mantener la distancia de seguridad, no hacer adelantamientos arriesgados, dejar a los conductores que entren o salgan de sus garajes y que se incorporen a la vía, agradecerlo a quien lo hace conmigo, maniobrar bien en los aparcamientos, tener paciencia en las retenciones.
Para sentirme a gusto viviendo también necesito hacerlo bien.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Consolación imposible

“La muestra más visible de la debilidad humana es que casi todas las personas son capaces de consolarse de todo. Siempre he sentido que la realidad se palpa cuando se ve que hay algunas cosas de las que es imposible consolarse” (Julián Marías, Una vida presente). Hombre, todo depende del grado de consolación que se pretenda alcanzar. Si consiste en que la pena que un día nos estranguló afloje un poco sus garras y permita entrar un poco de aire, si es una brisa, indispensable, de alivio, ¿habría esto de estorbar el planteamiento de Marías, ese palpamiento de la realidad del que nos habla?
No dudo que haya realidades cuya pérdida no admita consolación alguna y que de tal situación derivará un tocamiento de la realidad sólo así posible. Pero al argumento también se le puede dar la vuelta. Si “cediésemos” al empuje de algún improbable (¿milagroso?) consuelo con respecto a esas perdidas realidades, ¿no estaría a nuestro alcance una palpación de la realidad dable sólo bajo estas nuevas condiciones, unas de “consolación posible”?
Por otro lado, al “Dios de todo consuelo” del que nos habla San Pablo (2 Corintios 1, 3), ¿también le sería imposible consolarnos en tales trances? ¿O es que querría también él que permaneciésemos en esa imposibilidad para que palpásemos e hiciésemos nuestra una realidad que no nos sería accesible de ningún otro modo?


Avanzado el libro, y la vida, Marías matiza su posición: “Desde muy joven me había parecido la muestra más penosa de la flaqueza humana, de su última falta de realidad, la capacidad de consolarse de todo. Tuve que experimentar en carne viva (se refiere a la muerte de su esposa, Lolita) que no siempre es así”.

martes, 8 de febrero de 2011

De raíz en raíz

Vivir es ir construyéndose la propia raíz, dotarse de fundamento, de posos, de fondos en nuestro fondo. Vivir es decir “he vivido” y por eso poder seguir viviendo.
Si la raíz se seca, si el fundamento se quiebra, si los posos se pudren, si los fondos se desfondan, queda uno en borrón. ¡Cuánto brío habrá que tener para iniciar la cuenta nueva! Entonces querremos una raíz más honda, un fundamento más sólido, posos que no se pudran, fondos más seguros.
De raíz en raíz, esto es la vida.

Ya solo una espada

La inocencia devuelve el reflejo de lo que somos. Aquellos que no soporten verse a sí mismos porque lo que ven es lo que nunca querrían ver, intentarán romperla. Cuando lo consigan, cuando, del todo muerta, la inocencia no pueda seguir acusándolos, ¿quedarán también rotos y muertos los reflejos de sí mismos que un día vieron o, inexpugnables, continuarán chispeando desde algún lugar de su memoria? ¿Pueden enterrar del todo la luz que les sonsacó las entrañas, las malas entrañas? Pueden, a costa de aumentar la hinchazón de su mentira. Ya solo una espada, la del Sumo Inocente, sabrá penetrarlos y llegar allí donde de sí mismos se ocultan.

domingo, 6 de febrero de 2011

Historia universal de la infamia

El título de Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia, hizo fortuna. Es ya un lugar común. En cambio, una Historia universal de la justicia, ¿en qué portada lo leeremos, de qué labios lo escucharemos decir? ¿Cuántas veces se habrá hablado, y se seguirá hablando, del “sufrimiento sin fin”, de la “abismal miseria”, “del padecimiento inenarrable” que ha surcado y surca los caminos de la historia del género humano? La alegría, la dicha, o simplemente la paz, parecen no haber tenido la suerte de ser adjetivadas en los mismos términos e igual número de veces. ¿Dónde se oyeron expresiones tales como “el gozo sin fin”, “la felicidad abismal”, “la satisfacción inenarrable” surcando los caminos de la historia? En ningún sitio. ¿Por qué? ¿Porque no se dieron en la misma cantidad que los primeros? Pero, ¿quién sabría contestar en un sentido u otro? ¿Quién y cómo podría medirlo?
Aunque se diese el caso de que se llegase a saber que en la historia ha habido más actos justos que viles, más decencia que infamia, más dicha que desdicha, de que también hoy hay más de lo primero que de lo segundo, en nuestro ánimo la percepción de la cantidad de atrocidades y de dolor que ha habido y sigue habiendo siempre se impondría por encima de cualquier otra. Tiene que ser así porque, como dijo Ortega, “es la alegría la grande originalidad del hombre en el repertorio de la creación. El dolor no nos es peculiar”, y por no sernos “peculiar” sino muy extraño, muy ajeno a nuestra nativa condición, su presencia nos dejará siempre tan conturbados, tan perplejos, tan indignados que no sabremos pronunciarnos sobre él de otra manera que describiéndolo como “abismal, sin fin, inenarrable”.

viernes, 4 de febrero de 2011

Los dos maestros

“Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra (a la gente), acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado” (Marcos 4, 33-34). Ser siempre de la gente que necesita de las parábolas de Jesús para entenderle y ser siempre el discípulo al que se le otorga el don de una explicación privada. De Jesús, el maestro exterior, nos viene la palabra oída y sencilla; del Espíritu, el maestro interior, nos viene la revelación íntima y ahondada.

jueves, 3 de febrero de 2011

A la luz

Sale a la luz lo que primero estuvo escondido. Así Jesús, después de treinta años de vida oculta, el niño, después de nueve meses de gestación, la obra, después del tiempo que duró su creación, la planta, después de ser semilla bajo tierra, el milagro, después de su imploración callada, la Vida, después de la vida.

miércoles, 2 de febrero de 2011

martes, 1 de febrero de 2011

Memento mori

En breve cumplirá 87 años y sigue ejerciendo su especialidad. Yo llevaba un tiempo pensando que cualquier día se nos moría y sus pacientes quedaríamos huérfanos. ¿Qué sería de nosotros? Yo quería saberlo. En mi última visita me atreví a plantear la cuestión. “Verá doctor, esto, no sé como decirlo, tal vez me muestre muy osado -aquí, cierta cara de susto en el doctor-, en fin, no sé”, y así durante un rato, dando vueltas. “Mire, usted ya tiene una edad, y me pregunto que será de sus pacientes. Sé que es un atrevimiento por mi parte, perdóneme…”. “Tranquilo, no se preocupe. Yo estoy bien pero entiendo su inquietud. Tengo discípulos, y usted, con su camino recorrido, no tendría que empezar de cero. Sabría poner al corriente de su situación a quien le atendiera”. “Gracias, doctor”, e hilvano otro ristra de excusas. Al fin, ¡uf!, fui capaz de decirlo. “Desde luego fuiste muy atrevido, me dijo alguien, pero hiciste bien”. Esa tarde, y ahora me río, fui su memento mori.