martes, 30 de noviembre de 2010

Frustrado, llamado

El hombre: tiene sed de infinito, de amor para siempre, de vida perdurable, de justicia para todos, de felicidad sin fin, de…
Muchos opinan que tal sed no encontrará su agua: no habrá infinitud, ni perduración del amor, ni vida para siempre, ni justicia que alcance a todos, ni dicha inagotable, ni… El hombre es un ser frustrado. Sus deseos se hacen nada en la nada.
Otros creen que tal sed encontrará su agua: habrá infinitud, permanecerá el amor, la vida será eterna, a todos se hará justicia, el gozo hallará su plenitud… El hombre es un ser llamado. Sus deseos se hacen todo en lo pleno.
Si para los primeros tales deseos no apuntan a ningún lado, son flechas sin diana, para los segundos son tiros con dirección porque es la misma diana quien los despierta y llama.
Es razonable pensar que ninguna sed puede crear su agua. Pero ¿no lo es también, y acaso más, que tal sed pueda ser la respuesta a la llamada del agua?
¿Qué es el hombre, un ser frustrado o un ser llamado, un ser que pierde porque no hay agua para su sed o un ser que gana porque sí la hay, un agua que lo llama y atrae?

El misterio y su roce

El Misterio no va más allá de un ligero roce porque quiere que su acción sea tal que nadie se sienta obligado a aceptarlo. Por eso, sin avasallar nunca, sólo se insinúa, como un amante tímido que, temeroso de ser rechazado por su amada, apenas si se deja ver y no deja más rastro que una presencia furtiva, aquí y allá, suficiente para que ella, si quiere, sepa de él, y, si acaso sigue queriendo, decida abrirle su corazón. Ante un corazón abierto, que lo recibe, ya tiene cancha el Misterio para ser menos furtivo y más presente. Abierta la amada al flirteo, si se deja seducir y encantar, de seguro pasará a ser novia, y, ya como esposa, yacerá en el lecho abismal del Misterio. Lo que empezó con un roce termina con un abrazo. Si nos dejamos querer, quien un día fue sutil pluma sobre la cara otro día será coyunda con nuestro cuerpo entero. A menos que esto no aspira el Misterio Amante.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Mi cuerpo

Mi cuerpo me queda pequeño, de poco me sirve para tantos quehaceres. Allí donde llego no llega él, al cielo por ejemplo, donde es inútil que lo espere. Siempre se queda atrás, confinado en su limite. ¿Qué le costaría dejarse llevar, sobrepasarse? Supongo que mucho, pues de otro modo no me explico su parece que innata desobediencia.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Un no sé qué

Un no sé qué que no se sabe lo que es, ratoncillo dentro de uno dando golpes con sus patitas. ¿Qué quieres, quién eres? Cosquillas que raspan. Duele un poco su frote. Punta de desasosiego que abriría una heridita en la mano de un niño.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Calma

“Lo primero, calma”, me dijo, mejor, me ordenó hace un tiempo S. al verme excitado por motivos que ya no recuerdo. Se me escapa porque quedó tan inscrito dentro de mí ese “calma”, que salta desde entonces como un mandato en cuanto me dejo llevar por la agitación. Al sentirla profiriéndolo, dentro de mí pero distinta de mí, la eficacia es mayor porque es como si pusiera su mano sobre mi hombro y me estabilizara, cosa distinta a si fuera yo el que me dijera “calma, Suso, calma”, más parecido entonces a tirarme de los pelos para sacarme de las aguas como un baroncito Münchausen cualquiera.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La bendición

Se le acercó tristísima, con la intención de saludarlo, y un súbito “padre L., bendígame” le salió de las entrañas. El padre L., que acababa de llegar después de hora y media de viaje con su propia maraña de decisiones tomadas y partidas inminentes, se quedó muy sorprendido y sin capacidad de reacción. Como al mismo tiempo otros familiares se acercaron a saludarlo, creo que D. se quedó sin su bendición en medio del barullo. Además, ¿era posible que la obtuviese allí, en medio de todos, cuando el acto hubiese requerido la más absoluta intimidad? Esa cruz trazada sobre su frente hubiese sido el óleo de la fortaleza de la que estaba tan necesitada. Sin embargo, ¿quién negaría que, aun en ausencia de signo y palabra, quedó bendecida? ¿No valió por un “yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” la petición de socorro de ella, la mirada sorprendida y confusa de él?
A lo largo del día siguió tristísima. Sigue tristísima. Pero la bendición la acompaña.

martes, 9 de noviembre de 2010

Conversos

Un día, su madre, octogenaria, pegó un traspié y cayó en la acera. Ya no conservaba el equilibrio de antes. No era la primera vez que le ocurría, de modo que a partir de entonces ya no se atrevió a ir sola a ninguna parte. M.I., su hija, no tuvo más remedio que acompañarla todos los domingos a la misa de doce. Doña M. de un lado se apoyaba en su bastón y del otro en el brazo de su hija. Siempre se había sentado en la primera fila y la nueva circunstancia no mudó su costumbre. Esta cercanía al altar ¿fue decisiva para que M.I. se acercará a su antigua fe? El caso es que un día se confesó, comenzó a comulgar y ya no dejó de hacerlo. Toda contenta, su madre se lo comentó a la mía: “Pilar, si mi caída valió para que mi hija volviese a la iglesia, ¡bendita caída! Me volvería a caer mil veces”.
La próxima comunión de su hija la animó a volver a misa los domingos previos a aquella, después de muchos años sin hacerlo. Sólo se trataba de un mínimo aggiornamento, para ponerse a tono con las circunstancias. Un domingo se leyó la segunda carta de San Pablo a Timoteo. Al escuchar “perseverad en lo aprendido” (3, 14), todo se le removió por dentro. Su infancia se volcó sobre ella como un rayo, lo que de niña había aprendido sobre la fe, lo mismo que ahora estaba aprendiendo su hija, y que la requería sobre su perseverancia. “Recupera a esa niña creyente que fuiste, desde ella impúlsate y echa de nuevo a andar”, sintió que alguien le decía. El aggiornamento ya no sería mínimo sino máximo, profundo. Duraría toda su vida.
Tenía más de setenta años y toda su cristianía* había quedado arrumbada en algún desván de su memoria. Le gustaba la radio y un día, moviéndose por el dial, dio con Radio María. De afiliación católica, al oyente se le brindan reflexiones, enseñanzas, oraciones, lecturas de la Biblia. El dial ya no se movió de aquí. Las voces de la radio fueron escarbándole hasta dar con su fe sepultada, a la que poco a poco reflotaron. No tardo en enfermar mortalmente. Pocos días antes de morir pidió la presencia de un cura. Quería confesarse. Así fue. El sacerdote le comentó a su mujer que había hecho “una muy buena confesión”. A los pocos días murió. Su hermana, por la que supe todo esto, había estado rezando incansablemente por él. Cuando le informaron que se había confesado, lo primero que preguntó, apurada por la emoción, fue la hora en la que había tenido lugar la confesión. “A las cinco y veinte”. Justo a esa hora había estado ella arrodillada en una iglesia de Santiago.
Sigue habiendo conversos. Yo he sabido de estos tres.

*"Creamos esta palabra para designar la realización personal y creadora de la realidad cristiana como vida y como vivencia en el sujeto creyente" (Olegario González de Cardedal, La entraña del cristianismo, Secretariado Trinitario, Salamanca, 1997, p. 27).

lunes, 8 de noviembre de 2010

Al otro lado

Vida siempre
al otro lado,
en la otra vera,
más allá
de mi flaco más acá.
Hay que saltar, siempre, y no quedarse
donde el círculo se cierra,
hasta hacerse cruz,
hacia el sur y hacia el norte,
hacia el este y hacia el oeste,
como apuntan los maderos.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Trece

Yo me mantengo
en mis trece: Jesús
y los apóstoles, hermosa
buena suerte, martes
y trece,
todos los días
y trece.
Uno y Doce
hacen trece.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lengua relajada

Era el año 1983 o 1984 y yo estudiaba en Salamanca. Decidí matricularme en un curso de yoga, que impartía mi profesor de Fenomenología e Historia de las religiones, Carlos Castro Cubells, un hombre de aspecto venerable, con la barba y el pelo muy blancos. En la cabecera de la gran habitación en la que nos reuníamos se sentaba él, en posición de loto, y los demás, unos treinta, muy cerca de la pared y formando un rectángulo, nos alineábamos en la misma posición. Teníamos que estar cómodos. El que tuviese cinturón que lo desabrochase, para no sentirse ceñido. La espalda, recta. Las manos, sobre las piernas. Nos instaba a que fuésemos tomando conciencia de cada una de las partes de nuestro cuerpo, y a que aspirásemos y espirásemos muy despacio, desde el diafragma. “Lo más difícil, decía, es relajar la lengua. Concentraos en ello, relajadla”.
¡Qué gran consigna! “Relajad la lengua”, para que, añado yo ahora, “malas palabras no salgan de vuestra boca” (Efesios 4, 29). Podría parecer que una lengua relajada estaría muy suelta, sin ceñidores, fácil presa por tanto de burradas e insultos. Pero hay que volver al contexto del que partíamos, aquél en el que, bajo las instrucciones de Don Castro Carlos Cubells, intentábamos pacificar nuestro cuerpo y de paso nuestro espíritu. La consigna entonces sería “pacificad vuestra lengua”, buenas palabras salgan de vuestra boca. El que se relaja está en calma, lo nutre el sosiego, le asiste la sabiduría. Sus pronunciamientos serán inteligentes, matizados, erróneos muchas veces, pero nunca sucios.